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ASÍ LO INFORMAMOS

El primer trasplante de corazón

Por David Hidalgo Vega

Se llamaba Louis Washkansky y era propietario de una tienda de comestibles al por mayor en Johannesburgo, Sudáfrica. A inicios de noviembre de 1967, se hizo internar a causa de unos fuertes dolores cardíacos que lo convirtieron en candidato para una lista de pompas fúnebres. Los médicos que lo atendieron lo colocaron en la de espera para un trasplante. Para cuando los cirujanos terminaron la relojería cardíaca que le devolvió la vida, Washkansky se había convertido en una encarnación amable del moderno Prometeo: la prueba definitiva de que la ciencia no tenía límites.

La hazaña médica fue anunciada así: "Corazón de joven de 25 trasplantan a hombre de 56 años en África del Sur". La donante era una muchacha que la noche anterior había sufrido un accidente de tránsito. "Los más eminentes cirujanos internacionales en el delicado arte de 'trasplantar órganos sobrantes' consideran a las víctimas de accidentes como una de las fuentes más idóneas para proveer de un corazón sano", explicaba la noticia. En este caso, sus condiciones eran las mejores: el cuerpo de la chica todavía tenía signos de vida cuando ingresó al hospital; por desgracia, no iba a durar mucho. El descorazonado padre accedió a dar el permiso para la donación de sus órganos.

El encargado de dirigir al equipo de treinta cirujanos era el doctor Christian Barnard, un médico sudafricano que había completado su formación en Estados Unidos bajo el amparo de eminentes cardiólogos. Uno de sus tutores lo había iniciado en los trasplantes de corazón en animales. Barnard practicó esas técnicas en perros durante varios años, antes de intentarlo con un ser humano. El antecedente más cercano era el del médico norteamericano James D. Hardy, de la Universidad de Mississippi, quien tres años antes había colocado el corazón de un simio a un paciente que no resistió una hora.

El nuevo desafío empezó a la una de la mañana del 3 de diciembre. El hospital Groote Schuur, considerado la principal escuela de medicina de Sudáfrica, había reunido a sus más calificados anestesistas, enfermeras y técnicos para apoyar la cirugía. El primer paso fue colocar a la donante y al receptor en dos salas distintas, conectados a máquinas que reemplazaban las funciones del corazón y de los pulmones. Se tuvo que esperar la muerte de la joven accidentada para iniciar la segunda fase.

Entonces, "el cadáver fue enfriado a 27 grados centígrados aproximadamente y se extirpó el corazón, al que se infundió una temperatura aun inferior. La sangre, sin embargo, se mantuvo en circulación", explicaba el cable noticioso del sorprendente procedimiento. En una tercera etapa, se extrajo el corazón del paciente y se estabilizaron sus signos durante tres horas. Solo entonces se colocó el corazón ajeno en el enfermo, la parte más delicada de la operación. "Cuando el trasplante quedó terminado, se colocaron electrodos contra las paredes del corazón. El órgano recibió una descarga eléctrica de elevado voltaje, de solo una fracción de segundo, y enseguida comenzó a latir".

EL RESUCITADO
El éxito de la operación causó sorpresa mundial. "La hazaña de los cirujanos de Ciudad del Cabo marca una etapa en la historia de la humanidad y abre perspectivas maravillosas para la prolongación de la vida humana", señaló un editorial de El Comercio. Louis Washkansky, el receptor del milagro, estaba en óptimas condiciones, aunque entraba en un período crítico ante la posibilidad de rechazo. "El trasplante en sí no fue en realidad un problema. Lo decisivo será la manera en que reaccionen los tejidos", advirtió Barnard.

La espera tomó varios días en que Louis Washkansky parecía, más que la evidencia de una proeza médica, la aparición de un extraterrestre o un resucitado. Le llamaban el " hombre con corazón prestado". Cada día, las agencias de noticias reportaban hasta el mínimo detalle de un caso nunca visto: que si se sentó, que si estuvo cuarenta minutos fuera de su cama, que si todo seguía bien podría pasar la Navidad y el Año Nuevo en su casa.

Dos semanas después de la cirugía, Washkansky empezó a dar muestras de una exitosa recuperación.

Un día sorprendió a quienes lo cuidaban con la idea de salir a tomar aire. "Al abandonar su lecho el ya célebre paciente, los médicos le pidieron que no saliera de la habitación, pero Washkansky insistió en disfrutar de la bienhechora acción de los rayos del sol", describió un cable. "Con las mayores precauciones se levantó de la cama y se dirigió lentamente hasta el balcón, rodeado de médicos y enfermeras solícitos y ansiosos". Le habían advertido del fuente viento que barría la zona desde el sureste. Al parecer --anotó el corresponsal--, el paciente buscaba el efecto terapéutico de esa ráfaga que la gente llamaba el 'Doctor del Cabo', porque se suponía que se llevaba todos los males.

Ese mismo día, el doctor Christian Barnard, su salvador, recibía una condecoración de la principal universidad sudafricana.

CORAZONES ROTOS
Todos los riesgos parecían diluirse con el paso del tiempo. "Washkansky, hombre con nuevo corazón, puede decir que ha nacido otra vez", señaló otro titular de este Diario, de acuerdo con lo que llegaba por los servicios cablegráficos. El reporte mencionaba que el paciente había superado el período crítico. Era el día 14 de su nueva vida. Un comunicado del hospital Groote Schuur mencionaba que sus condiciones eran estables incluso "a pesar de la neumonía leve que afecta su pulmón izquierdo". Era demasiado optimismo. Dos días después, el doctor Barnard diría a los periodistas que se habían presentado graves complicaciones.

El titular de El Comercio lo puso en sencillo para los limeños: "Organismo de Washkansky estaría 'expulsando' el corazón de mujer injertado". Los días siguientes fueron de lucha por la supervivencia. Se decía que el equipo médico optó por aplicarle fuertes antibióticos y una transfusión de células blancas para contrarrestar el rechazo del trasplante. Según Barnard, la reacción había sido favorable. No lo fue por mucho tiempo. En la noche del 20 de diciembre, Washkansky entró en un estado irreversible y murió horas después.

La autopsia diría que el paciente no falleció por el rechazo del corazón ajeno, sino por "una muy mala y muy extendida neumonía". "Pasamos por terrenos desconocidos y no sabíamos realmente qué es lo que podría ocurrir", comentó Barnard. El médico se comprometió a investigar las causas del fatal desenlace y a solucionarlas para futuras intervenciones. Pensaba realizar las próximas "dentro de uno o dos meses". A pesar de la fatalidad, la ciencia todavía podía considerarla una experiencia exitosa. Un rabino lo dijo con estas palabras en el entierro del hombre con el corazón prestado, al que Barnard no pudo asistir: "La lucha por la vida de Washkansky se convirtió en una lucha por la vida de toda la humanidad".

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