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CRÍTICA DE CINE

Muerte en la granja

Por Raúl Cachay

Aunque ha tenido un paso prácticamente clandestino por nuestra cartelera comercial, este festín de humor gore del neozelandés Jonathan King ofrece muchos motivos de obsceno regocijo para los siempre metódicos amantes del género: sobrecogedoras toneladas de vísceras de utilería, ninguna incursión en las sombras de la tecnología CGI, un oportuno abandono de cualquier cosa parecida al sentido del ridículo, en fin, todo eso que los coleccionistas de la revista "Fangoria" suelen esperar y valorar en un producto cinematográfico.

Los referentes de esta "Muerte en la granja" ("Black Sheep") son todos tan evidentes que la cinta también puede ser abordada como una muy efectiva sucesión de homenajes: partiendo del gore carnavelesco de los primeros balbuceos fílmicos de su compatriota Peter Jackson, King no tiene reparos en citar algunos de los momentos más emblemáticos de algunos clásicos del género, como "La noche de los muertos vivientes", de Romero; "Muerte diabólica", de Raimi; "Los pájaros", de Hitchcock; y las cintas de los monstruos clásicos (El Hombre Lobo, la criatura de Frankenstein). Pero lo hace con esa frescura propia de los filmes de bajo presupuesto del pasado que ya parecía tristemente caduca en el cine de horror contemporáneo, en el que todo resulta tan calculado y derivativo que los guiones parecen escritos por robots y no por seres humanos.

"Muerte en la granja" narra el pérfido destino de un grupo de seres humanos que se ve súbitamente acechado por un enemigo letal: miles de ovejas mutantes sedientas de sangre. Henry y Angus Oldfield (interpretados por Nathan Meister y Peter Feeney, tan perfectamente desconocidos como todos los actores del filme), son dos hermanos cuyas personalidades respetan con minuciosidad los preceptos del género: uno es noble y frágil --de hecho, sufre de 'ovinofobia', definido como el pavor irracional a los mullidos animalitos que nos brindan la materia prima de nuestras chompas--; el otro, ambicioso y malévolo. El pandemonio se desata cuando un par de estúpidos activistas de una organización muy simular a PETA libera sin querer el feto de una oveja alterada genéticamente por una científica contratada por Angus (en un guiño bastante obvio a "Exterminio", de Danny Boyle). La primera víctima será, precisamente, uno de los 'verdes', Grant, quien de inmediato abandonará sus hábitos de 'vegano' recalcitrante para comerse un conejo sin mayores devaneos gastronómicos y, poco a poco, convertirse en un horripilante 'hombre-oveja'. Ya pueden imaginar lo que viene después.

Este filme resultará sin duda excesivo para aquellos que no conocen o no sintonizan con las convenciones del género (risas y mutilaciones, en una síntesis muy apretada), pero tiene muchos de los fundamentos sobre los que se sostienen los cultos cinematográficos menos prestigiosos. Jonathan King es, desde hoy, un nombre a seguir. O a evitar.

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