PUNTO DE VISTA
Por Maki Miró Quesada*
No hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor gobernante que el que no sabe escuchar. Con frecuencia, hacerse elegir resulta relativamente fácil --comparado con lo que se viene después-- y depende de factores que muchas veces caen del cielo: una oposición dividida, un rival que se despinta, una crisis institucional, pero gobernar... ah... esas son otras quinientas.
A diez años del gobierno de Hugo Chávez, Caracas luce que da pena. Calles rotas, infraestructura vetusta y mal conservada, edificios despintados, manchados de humedad tropical, gente sentada en las veredas sin tener nada que hacer, las caras tristes del socialismo caribeño: misma La Habana pero sin la historia.
Lima, como otras capitales de la región, es una ciudad aspiracional que apunta a salir del subdesarrollo, mientras que un recorrido por Caracas es volver a zambullirse en ese Tercer Mundo que América Latina lucha por dejar atrás.
Chávez tiene varios enemigos --dentro y fuera-- y un sentido curioso de la amistad. Para admitir a ciertos amigos, los peruanos entre otros, el gobierno chavista exige que muestren una carta de invitación de un venezolano o una reserva de hotel debidamente notariada (¿Cómo se notariza una reserva hecha por Internet? Eso no lo explican). Para los miembros de la Unión Europea nada. Niente, rien, zilch. Esos entran por la puerta grande con solo mostrar pasaporte. Parece ser que la política migratoria de Chávez es tratar con guantes de seda a la gente rica y los demás, cholitos incluidos, que se vayan a la cola nomás.
Las caras desanimadas o simplemente aburridas en las calles de Caracas se repiten en la pantalla durante el "Aló Presidente" que cada domingo pasa la TV local y donde Chávez monologa durante cinco horas frente a un sufrido público que suda y se abanica bajo el sol tropical sin que se escuche una sola protesta: mismo Fidel pasado de moda, con cuarenta años de atraso, la oratoria en menos.
Chávez ha cancelado licencias a canales de señal abierta, ha intimidado a miembros de la prensa, en sus mítines multitudinarios donde al pueblo se le lleva sí o sí, nunca se entabla el verdadero diálogo, un 'face à face' con disidentes que podrían aportar mucho o, por lo menos, aflojar en algo la asfixia política que, insidiosa pero segura, va invadiendo el ámbito nacional.
Protegido por una coraza de petrodólares --cada vez más delgada-- y con unas elecciones este domingo 23 que le podrían ser adversas, Chávez no encontró mejor idea para mostrar su talante democrático que amenazar con 'sacar los tanques a la calle' y pasear los submarinos rusos frente a las costas venezolanas. Cuando el mundo al fin esperanzado busca reanudar diálogos, Chávez podría hablar menos y escuchar más.