COMENTARIO DEL EDITOR
Por Virginia Rosas Ribeyro. Editora Mundo
Los franceses suelen decir, burlándose de sí mismos, que tienen el corazón a la izquierda, pero el monedero a la derecha. Eso explica la saga de cohabitaciones entre presidentes de izquierda y primeros ministros de derecha, y viceversa, que ha conocido la V República.
El Partido Socialista Francés que conocemos hoy y cuyo símbolo es la rosa, fue refundado por Francois Mitterrand en 1971, durante el Congreso de Epinay, denominado el congreso de unificación de los socialistas.
Desde ese año hasta 1981, en que salió elegido Mitterrand como presidente de la República, el PS fue el principal partido de oposición del país.
Mitterrand, fino estratega y gran estadista, con la dosis suficiente de megalomanía para trascender en la historia, ostenta --además-- el récord de longevidad en la primera magistratura del país: 14 años.
Pero desde el fallecimiento de su líder, en 1996, el PS se ha enfrascado en riñas y rivalidades que lo están llevando a su autodestrucción, tanto que en diez años no han sido capaces de ganar una elección.
Magro favor le hicieron los ex primeros ministros Laurent Fabius y Michel Rocard peleándose públicamente y dividiendo al electorado --ya bastante confundido-- con sus posiciones opuestas sobre la Constitución Europea.
La disputa de ahora enfrenta a dos mujeres por la secretaria general del partido: Ségolène Royal --derrotada rival de Nicolas Sarkozy en las elecciones pasadas-- y Martine Aubry, alcaldesa de Lille y ex ministra de trabajo durante el gabinete Jospin, perteneciente al grupo de los llamados 'reconstructores' dentro del partido. Como la segunda ha ganado en las elecciones internas por apenas 102 votos, Royal alega fraude, pide una nueva elección y amenaza candidatear contra Sarkozy en el 2012.
Todo esto sucede justo cuando los últimos sondeos demostraban que el electorado podía regresar al Partido Socialista.
¿Quiénes ganan con las luchas intestinas del partido de la rosa?
Primero, Nicolas Sarkozy, que debe frotarse las manos ante la idea de una nueva carrera al Elíseo libre de contendores de peso.
Gana puntos también Francois Bayrou y su novísimo partido Movimiento Democrático, que fue la sorpresa en las elecciones presidenciales pasadas.
Y, por último, las disputas entre los socialistas le permiten adicionar votos a la izquierda radical. Es el caso de Olivier Besancenot, joven trotskista carismático que --aunque sabe que no llegará a ceñirse la faja presidencial-- puede convencer al electorado socialista de manifestar su malestar en la primera vuelta votando por él.
Nada resulta más desatinado que disputarse jirones de poder interno cuando el país afronta una crisis económica sin precedentes y se necesitan líderes firmes con consignas precisas para salir del atolladero.
En vez de eso, los socialistas se están suicidando ante la mirada atónita de sus militantes.