Por: Juan Paredes Castro
Seguramente en breve habremos dado vuelta a la página de situaciones graciosas y embarazosas provocadas por un general Edwin Donayre que también sabía tomar en el Ejército muchas cosas en serio.
Pero más allá y más acá del anecdotario de este general al que Chile quiere apurarse en bajar del caballo, hay un mensaje del VRAE, nada gracioso y más que embarazoso, que aparentemente nadie quiere escuchar seriamente: los soldados y policías muertos que cada cierto tiempo nos devuelve el narcoterrorismo, sin que podamos concretar hasta ahora una estrategia que siquiera lo haga retroceder.
Más allá y más acá de la imaginación y las ficciones del general Donayre, el narcoterrorismo hace que periódicamente estemos cargando en ataúdes y en bolsas de plástico los restos de quienes no saben ni por qué realmente mueren en el valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE), valle que es territorio peruano, pero donde Sendero Luminoso y las mafias del cultivo e industrialización de estupefacientes se lo han hecho suyo para asentar allí el coto de caza de su criminalidad descarada contra el Gobierno y el Estado.
Olvidémonos ya de cualquier payasada capaz de desprestigiar el uniforme militar, pues no lo merece, como no lo merece el que vistió cada general corrupto de la época de Fujimori. Pensemos más bien en revalorar el uniforme militar y el uniforme policial, exigiéndoles a quienes se lo ponen ser cada vez más íntegros personal, profesional e institucionalmente, pero otorgándoles además un horizonte básico y estratégico respecto de lo que quiere el país.
El militar y el policía peruanos tienen que saber para qué están en las funciones en que están y a qué estrategia a corto, mediano o largo plazo corresponden esas funciones. Resulta que llegado cada fin de año militares y policías están pensando más en sus ascensos y nuevos nombramientos que en los resultados de los puestos que ejercen. Y quienes estuvieron diseñando estrategias aquí y allá de pronto tienen que interrumpirlas porque deben salir corriendo a convertirse en agregados castrenses en alguna lejana embajada del Perú, como cuando Ollanta Humala sirvió en Corea y Francia.
Todo parece indicar que en la estrategia frente al VRAE el mediano y largo plazos no están fuertemente sostenidos. Son referentes vacíos, que no logran completar los esfuerzos del corto plazo hoy por hoy sometidos a restricciones económicas (ojo, ministro Valdivieso) que tampoco se justifican en relación con las prioridades del sector Defensa.