Por Renato Cisneros. Periodista
Con la suspensión del fútbol peruano por parte de la FIFA, con el aislamiento internacional que esa sanción supone, pensé que el torneo local perderÃa su atractivo ambulatorio. Sin la ilusión de la Copa Sudamericana o la Libertadores, creà que los jugadores se tirarÃan al abandono, que el campeonato adquirirÃa una traza amateur, y que, como consecuencia directa de ello, la gente ya no irÃa a los estadios, en explÃcita señal de protesta por todo el desmadre generado. Contemplé todo eso, pero me olvidé del detalle más importante: estamos en el Perú, el paÃs de la contradicción, de la paradoja, del absurdo, donde sucede lo impensado y ocurre lo improbable. Qué mejor ejemplo de eso que el clásico del sábado, un 'U'-Alianza emotivo, jugado a estadio casi lleno, cargado de incidentes, de gestos riquÃsimos para el primer plano televisivo, de coreografÃas y expulsiones.
Con la 'U' navegando en la irregularidad más preocupante, y con un Alianza tristemente acostumbrado al subsuelo de la tabla, no se esperaba gran cosa. Es verdad que ambos estaban apremiados y pugnaban (es decir, pugnan) por objetivos concretos: el séptimo lugar es clave para los cremas, mientras que para los Ãntimos escapar del descenso es una misión moral de la que no pueden desentenderse. Sin embargo, aun asÃ, a sabiendas de lo presionados que estaban (y que todavÃa están), nadie esperaba que hubiese un marco tan telegénico ni un partido jugado con tanta sangre en el ojo. Hasta el sol salió, amarillÃsimo, para iluminar una fiesta que, a priori, merecÃa un cielo gris desteñido.
Y al margen del asombro por el inesperado espectáculo producido, querÃa detenerme en una escena realmente ilustrativa: en un momento del partido (casi al final, entiendo), cuando los jugadores de la 'U' cercaron al árbitro para recriminarle uno de sus tantÃsimos yerros, desde la tribuna cayó hacia la cancha --como una lanza oronda, o una flecha mortal, o una jabalina arrojada desde quién sabe dónde-- un escobillón. Era la imagen de la informalidad total, del amateurismo en todo su cochino esplendor. Un escobillón con el mango medio partido yacÃa en el pasto del Matute y, lo más increÃble, es que nadie parecÃa inmutarse. Como si fuera lo más natural del mundo que caiga una escoba del cielo. Viendo la repetición de la imagen en la TV me quedé pensando en que quizá alguien la mandó para que recogiéramos los restos de este fútbol que --muy a pesar del clásico-- se nos sigue cayendo a pedazos.