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¿En manos de qué tribunal estamos?

Por: Juan Paredes Castro

Después de la frustrada elección del nuevo presidente del Tribunal Constitucional, los siete miembros de este organismo le deben tres urgentes explicaciones al país.

En primer lugar, ¿por qué tres magistrados se ven en la necesidad de concertar prácticamente el "boicot" de una votación que, a su juicio, venía amañada, es decir orquestada por quien la había convocado desde la posición interina de la presidencia y con pretensiones de aspirar al cargo: Carlos Mesía?

Digamos que se trató de un "boicot" entre comillas porque los doctores Ricardo Beaumont, César Landa y Fernando Calle, utilizaron la vía legal de abstenerse de concurrir a la sesión de votación, impidiendo el quórum necesario y frustrando, consiguientemente, la elección que creían turbia.

¿Hasta qué punto podría ser esta una vía legal, en la medida que la convocatoria estaba dirigida concretamente a un acto de votación, prácticamente de carácter obligatorio, no reglamentado, pero tácito?

En segundo lugar, ¿por qué Carlos Mesía, que había reemplazado temporalmente al renunciante titular César Landa, desperdició la oportunidad de darle toda la transparencia necesaria a una elección presidencial del TC que precisamente debe carecer de las mínimas tachas?

Mesía no debió en ningún momento ser juez y parte, o lo que es lo mismo: ser presidente interino y convocante de la elección y sacar de la manga su candidatura al máximo cargo.

En tercer lugar, todos tienen que estar preguntándose en el país por hechos de este tipo en una de las instituciones de categoría constitucional de mayor respeto y credibilidad.

Los siete miembros del Tribunal Constitucional, supuestamente más señores que doctores, tienen ahora que demostrarle al país que son capaces de realizar una elección presidencial interna honesta y transparente y sobre todo despojada de toda politización y de todo interés subalterno.

Sería realmente una vergüenza que el Tribunal Constitucional, primero, y el Poder Judicial, después, pasaran literalmente por noches de cuchillos largos en la renovación de sus jerarquías y autoridades, cuando lo que todos esperamos es que, por el contrario, generen mensajes de confianza y estabilidad en sus respectivas decisiones.

Ya es suficiente con lo que cuesta la rehabilitación funcional y moral del Congreso, al que Javier Velásquez Quesquén viene impulsando, aunque de perfil bajo, que tampoco es lo que se necesita en un poder del Estado que reclama un fuerte liderazgo.

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