Por: Juan Paredes Castro
Ahora ya no sabemos quién es más importante: el empresario do- minicano Fortunato Canaán, por recibir en su suite de hotel a diligentes ministros peruanos, o el ex ministro Rómulo León por atender en la cárcel la visita de complacientes congresistas de diversas bancadas, entre ellos uno en misión clandestina y encargado de investigarlo.
Del régimen de carcelerÃa del Instituto Nacional Penitenciario puede esperarse cualquier cosa. Vaya uno a saber lo que pasa dentro de los muros de sus prisiones. Quien quiere hablar por celular, habla por celular. Quien quiere entrar en las redes de Internet y hacer negocios, lo hace. Quien quiere portar armas no tiene inconveniente, con abastecimiento de municiones y todo. Quien quiere organizar una banda desde adentro tiene todas las facilidades. Y quien quiere fugarse puede conseguirlo hasta por la puerta principal.
Esto es el INPE. Y no nos llama la atención que el procesado León AlegrÃa ofrezca desde allà entrevistas, reportajes, audiencias públicas y privadas, contactos de relaciones públicas y mensajes balsámicos para la tranquilidad de quienes no desearÃan que hablara demasiado. Probablemente sea el preso más mediático y contramediático del paÃs, no igualado en lo más mÃnimo por quien podÃa haberlo hecho mejor: la periodista Magaly Medina, sumida, para variar, en un discreto cumplimiento de su sentencia, en Santa Mónica, donde los altoparlantes parecen tener menos volumen que los de San Jorge.
El INPE es, pues, una entidad eminentemente operativa porque carece de capacidad normativa racional y peor todavÃa de declaración de principios. Quien tendrÃa que establecer el régimen carcelario del paÃs es el sector creado para ello: Justicia, y con una ministra al frente: la doctora Rosario Fernández. Si esta alta instancia gubernamental no acaba de una vez con las gollerÃas del señor León, la institucionalidad del paÃs estará perdida y cada dÃa tendremos que asistir a nuevas escenas circenses montadas desde las cárceles doradas de algunos personajes.
Tenemos una Constitución, una montaña de leyes y reglamentos y, por supuesto, instituciones que merecen ser conservadas y respetadas. ¿Qué está pasando con este andamiaje democrático que de pronto adquiere mayor porosidad y la impunidad empieza a pasearse por él sin la menor disposición de reacción de una ciudadanÃa más bien perpleja?
Ni Rómulo León ni Carlos Raffo pueden pretender poner la agenda polÃtica cotidiana del paÃs. Peor todavÃa desde los inframuros de una penitenciarÃa. ¡Lo que nos faltaba!