PUNTO DE VISTA
Por Carlos Adrianzén. Economista*
En la época de la abuelita, cuando creÃamos que podÃamos controlarlo todo, el Banco Central escogÃa el tipo de cambio. Se creÃa que nuestros técnicos tenÃan la razonable capacidad de fijarlo bien y ajustarlo oportunamente. En medio de costosÃsimas crisis cambiarias aprendimos --o debimos hacerlo-- que esto es errado hasta la médula.
Es que en ambientes institucionalmente débiles, a pesar del celo de los profesionales del instituto emisor, los directorios de los bancos centrales siempre caen en la tentación de perder competitividad (al ofrecer un dólar barato) y soltar liquidez nominal generosamente. Bajo este esquema, después de alguna fase populista, venÃan las inevitables y usualmente incompletas devaluaciones con los llamados costos sociales (una consecuencia directa de la farra previa). Tan recurrente resultaba el desmanejo cambiario, que el vocablo clave era "atraso cambiario". Medir eso --cuánto se requerÃa devaluar para no perder competitividad y evitar una crisis externa-- era la pregunta del millón.
Hoy muchos creen que tenemos un dólar libre. Tácitamente se asume que las fuerzas del mercado determinan qué tan escasas resultan las divisas, y que por esto no podemos caer en los errores del pasado. Están equivocados. Hoy el BCR tiene como objetivo manejar --léase, controlar-- el tipo de cambio. Solo entre abril del 2007 y abril del 2008 el BCR compró US$16.174 millones para mantener relativamente fijo el tipo de cambio nominal. Pocas semanas después, entre junio y octubre, vendió --léase, quemó-- US$4.875 millones con el mismo fin.
Dado este apego ya no tan discreto a mantener un tipo de cambio nominal, a nadie debe sorprender que hayamos cumplido más de un año perforando el lÃmite máximo de la meta inflacionaria, ni que se culpe a lo externo de tal complicación.
Pero, ¿por qué resulta tan importante preguntarnos qué hacer con el dólar? Pues resulta que en años de vacas gordas, con demandas y términos de intercambio en el cielo, mantener un tipo de cambio distorsionado a la discreción del BCR llegó a parecer algo de menor o poca importancia. Sin embargo, en tiempos de vacas flacas, cuando otros competidores directos devalúan y cuando exportar se hace mucho más difÃcil, la opción de cargar un dólar rÃgido y distorsionado a discreción de un directorio resulta algo crecientemente discutible.
Cualquier economista sabe que en materia cambiaria no hay maravilla curativa. Y todos coincidimos usualmente en que lo mejor serÃa un régimen cambiario lo más estable posible (en términos nominales) y lo más flexible posible en términos reales (descontando la inflación externa e interna). Pero también se conoce que un régimen que opta por mantener un tipo de cambio fijo (o casi fijo) y que aplica una polÃtica monetaria expansiva --bajo escenarios locales poco competitivos y globales recesivos-- se estarÃa, previsiblemente, metiendo en problemas.
* UNIVERSIDAD DE SAN MARTÃN DE PORRES