MÃSICA
Donde ha habido opresión ha habido canciones que la denunciaron. Pensemos en el Perú de la Colonia y en las comunidades más explotadas, como la de origen africano. Muchas de estas canciones, nacidas de la urgencia por testimoniar la desdicha, fueron devoradas por la censura, pero algo de ellas sobrevivió, y aparece incluso hoy tras las tonadas aparentemente alegres de (por ejemplo) un panalivio: "Ya salió mi caporal / con su chicote en la mano".
Extraña fruta
No fue sino hasta entrado el siglo XX (mediados de 1930) que apareció en Estados Unidos una de las canciones más poderosas sobre violencia racial. Su autor fue Abel Meeropol, un profesor neoyorquino de origen judÃo que se quedó consternado al ver la foto de dos hombres negros ahorcados en un árbol. La letra decÃa: "Los árboles del sur dan una extraña fruta / Sangre en las hojas y sangre en la raÃz". La canción fue popularizada por la gran Billie Holiday, que la interpretaba al final de sus conciertos. Dicen que cuando sonaba la música introductoria del tema, Holiday cerraba los ojos como en una plegaria, y que incluso los meseros del club en el que tocaba se quedaban quietos, en la oscuridad, mientras un solo haz de luz bañaba el cuerpo de la cantante.
Sindicato de música
Huérfano de padre y madre desde la adolescencia, Joel Emmanuel Hagglund parte desde su Suecia natal a Estados Unidos en 1902. Ahà trabaja como estibador, en la industria maderera y en las minas, y se integra al IWW (siglas en inglés para Trabajadores Industriales del Mundo). Luego de cambiar su nombre a Joe Hill, empieza a componer canciones sindicalistas, que protestan contra las polÃticas laborales de la época. Muchos historiadores y crÃticos musicales han señalado que Hill es una especie de pionero de la figura del cantautor, lo que en inglés se suele llamar 'singer songwriter'.
Sus canciones, directas y sencillas, se vuelven un instrumento muy importante en la lucha de los sindicatos estadounidenses. En 1915 Hill es acusado de robar una tienda de comestibles y asesinar a su propietario, luego de que este dejara herido el hombro a uno de los asaltantes. La noche anterior al suceso, Hill habÃa ido a ver a un médico por una herida de bala en el hombro, y le habÃa explicado que la herida era producto de una pelea a causa de una mujer. El médico vio la noticia en la prensa y decidió denunciarlo. Hill fue apresado, juzgado y condenado a muerte.
¿Era culpable o fue una trampa para silenciar la cantidad de problemas e incomodidades que su música traÃa?
44 disparos
La figura más emblemática de la llamada canción de protesta en nuestro idioma es el chileno VÃctor Jara, que murió asesinado en manos de la dictadura de Augusto Pinochet, a los 41 años. (Además de cantautor, Jara fue también un destacado hombre de teatro, y llegó a montar más de diez obras, y en una oportunidad fue asistente de dirección del legendario Atahualpa del Cioppo).
Durante el golpe de estado Jara se encontraba en la Universidad Técnica del Estado, donde enseñaba. Fue apresado el mismo 11 de setiembre, y conducido al Estadio Chile, donde fue torturado durante dÃas: le destrozaron ambas manos con la culata de un arma. (¿Para que no pudiera componer las canciones que ya habÃa compuesto?). El 16 de setiembre finalmente es asesinado: 44 disparos de bala. El viejo Estadio Chile hoy se llama Estadio VÃctor Jara.
Cuando el presidente habla con Dios
La tradición estadounidense de cantautores vinculados a las luchas sociales y la protesta es amplÃsima, y va desde Woodie Guthrie (el Ãdolo juvenil de Bob Dylan), que siempre tocaba con una guitarra que tenÃa una calcomanÃa elocuente: "con esta arma se eliminan fascistas" hasta músicos que en pleno siglo XXI, como Conor Oberst de Bright Eyes, dicen cosas como: "Cuando el presidente habla con Dios / ¿escogen juntos qué paÃs invadir, /qué almas musulmanas se pueden salvar?".
El monstruo aquà es (casi como siempre) el propio Dylan, que, en rigor, solo compuso canciones de protesta durante 20 meses, pero ese breve lapso fue suficiente para dejar un puñado de himnos que vibran y sorprenden hasta hoy. Los músicos más contemporáneos han absorbido el legado de los grandes cantautores y lo han reelaborado, integrándolo a discursos polÃticos más sutiles y complejos. A propósito, Gil Scott-Heron dejó una frase que resuena con verdad e ironÃa: a estar atentos porque "la revolución no será televisada".