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¿Qué hacer con nuestra ópera bufa?

Por: Juan Paredes Castro

Cuando la queremos seria, se vuelve jocosa. Cuando la queremos responsable, se vuelve grotesca. Cuando la queremos limpia, se vuelve corrupta. Este no es el breve guion de una ópera bufa sobre la política francesa o italiana del siglo XIX. Es el tríptico de la ópera bufa de la política peruana de este tiempo, es decir del siglo XXI.

Del viejo tiempo en que la política peruana se esforzaba por atraer a sus filas mentes brillantes y conciencias nobles, al nuevo tiempo actual en que ella recoge lo que encuentra a su paso, se ha abierto una brecha muy honda. Naturalmente quien está llamada a cerrarla es la propia política peruana. No hay ley, decreto o milagro que pueda hacerlo por sí solo.

Lamentablemente, una buena parte de la política peruana ha cambiado el ejercicio del servicio público por el de las ventajas del espectáculo. Y lo que es peor: la bufonada se ha vuelto políticamente rentable. Es decir: si Susy Díaz fue una chanza satírica de los noventa, Tongo podría ser el violinista en el tejado del 2011.

Las bufonadas de nuestra política no vienen, por cierto, solo en los envases de Susy Díaz y Tongo; de Carlos Raffo y Gustavo Espinoza; o de Fernando Olivera y Rómulo León, para quienes quieren recordarlos retrospectivamente. Vienen también en envases de señorones de cuello y corbata, que hacen hilo y pabilo de la ley y la Constitución cuando sus intereses están primero y de otros similares que convierten cada lobby político en un éxtasis económico-financiero a costa del Estado.

Nuestra ópera bufa se nutre, pues, de todo, desde los arranques chocarreros de un general del Ejército que le causa dolores de cabeza a la más cuidadosa de las diplomacias, hasta las piruetas de una comisión investigadora parlamentaria que visita un penal en busca de la verdad de un reo, olvidándose de la verdad que uno de sus miembros tiene escondida en su expediente judicial. El severo tiempo autoritario de Alberto Fujimori tampoco pudo evitar su propia ópera bufa. El reeleccionista baile del chino y el desfile grabado de estrambóticos personajes en la salita de Vladimiro Montesinos en el SIN bastaron y sobraron como una muestra combinada de la pillería y la picaresca en su más oscura expresión.

Quizás el problema del arraigo cada vez mayor de la ópera bufa en nuestra política se deba a que carecemos del gran teatro y de los grandes dramaturgos y músicos capaces de representarla. De ahí que lo que no tenemos como ficción abunda en la realidad, con una cruel conclusión adicional: ¿qué sería de la política peruana sin su ópera bufa? ¿La reconoceríamos?

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