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RINCÓN DEL AUTOR

Crisis, confianza y oportunidad

El verdadero problema en el Perú no es financiero, sino la poca confianza social en quienes tienen el manejo político y técnico del Estado

Por Hugo Guerra

Ansioso lector, al reflexionar sobre las crecientes amenazas de la crisis financiera internacional se viene a la mente una clase de macroeconomía, en la cual el maestro puntualizaba que las relaciones dinerarias y comerciales se rigen por algunas normas inexorables, muchas veces ni siquiera escritas: las leyes de la oferta y la demanda, las leyes del poder y las leyes de las consecuencias económicas.

Pocas veces, sin embargo, se destaca la ley mayor del mercado: la psicología de sus agentes y las expectativas sociales. Tampoco se subraya que la fuerza motriz de todos es la confianza; es decir, la esperanza razonable en que los individuos conseguirán lo que desean material y espiritualmente, y el hecho de depositar en otros la buena fe en que actuarán como uno lo espera.

En el Perú, a la traumática historia nacional y la sempiterna arbitrariedad y rapacidad del Estado, se le han sumado con frecuencia la voracidad de modelos políticos generadores de inequidades sociales y una burocracia pública agresiva, lerda e indolente. Por eso las relaciones del mercado local --aunque han mejorado en la última década gracias a la expansión del capitalismo popular-- tienen todavía una alta dosis de informalidad, egoísmo, utilitarismo y privilegiamiento del negocio rápido, por encima de la empresa con responsabilidad social.

La correlativa pérdida de valores éticos ha abierto las puertas a la corrupción tanto política como económica. Ha profundizado, además, la pérdida de credibilidad en las instituciones sociales, desde los colegios profesionales y sindicatos hasta los partidos políticos y los poderes del Estado, pasando por los gobiernos regionales y municipios.

Hoy, la acentuada tendencia a la atomización social abre las puertas al antisistema, y constituye la principal barrera para enfrentar una crisis financiera internacional que nos golpeará mucho más fuerte de lo que muchos admiten.

En este contexto, es muy bueno que el Gobierno anuncie un programa anticíclico con fondos de hasta 18 mil millones de soles; y es igualmente oportuno que los empresarios se preparen a multiplicar sus inversiones. Pero eso puede quedar como paliativo insuficiente si la sociedad civil, los partidos, las organizaciones sociales, laborales y sindicales no pactan una tregua política para actuar solidariamente y con transparencia frente a la crisis.

En el Perú de hoy el verdadero problema no es financiero, sino la poca confianza social en quienes tienen el manejo político y técnico del Estado. Lo primero no es responsabilidad única del Gobierno, sino de todo el régimen, incluido el Parlamento y la prensa; y lo segundo depende directamente de quienes deben administrar el marco legal y regulatorio de nuestra anquilosada república. Podemos cambiar el sentido de la crisis, pasándolo del caos a la oportunidad, pero eso, claro, depende de que entre todos depongamos el espíritu de confrontación permanente y devolvamos la confianza en el Perú justamente entendido como promesa y posibilidad.

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