LA OTRA CRISIS
Por: Ernesto Velit Granda. Analista polÃtico
Para poder interpretar a los excluidos del sistema, se requiere actores polÃticos que propongan nuevos derroteros y sean capaces de construir esa esperanza que ayude a aquellos a defenderse de una modernización que privilegia el capital antes que los intereses ciudadanos. En una palabra, que los acerque a la convicción de trabajar por una democracia plural y participativa.
Los partidos polÃticos, a los que deberÃa corresponderles la tarea, viven una desarticulación grave que les impide ser organizaciones representativas, sintonizar con la realidad, contactar militancia y liderazgo, democratizarse y ser capaces de crear cuadros. Es preciso revitalizarlos, que dejen de ser colectivos en busca de poder y se conviertan en instrumentos democráticos participativos y plurales, comprometidos con la reconstrucción moral del paÃs.
Pareciera, además, percibirse una voluntad violenta del Estado contra las instituciones que defienden al ciudadano, lo que refleja una conducta de autoritarismo y prepotencia que lesiona la relación entre gobernantes y gobernados, y puede terminar convirtiéndola en un ritual irrelevante que le reste legitimidad al ejercicio del poder.
La conducta discutible y hasta vergonzosa de algunos parlamentarios colabora a tirarse abajo valores éticos y morales que deben normar el ejercicio de la polÃtica. Los partidos polÃticos, que deberÃan integrarse a las demandas nacionales, parecen más preocupados por las cifras que por los argumentos. Y lÃderes de la sociedad reaccionan con una concepción infrapolÃtica de los derechos ciudadanos, como si estos fueran una abstracción pasible de ser violados como parte del paisaje natural de la confrontación polÃtica.
Entre las agresiones a la democracia por parte del autoritarismo y las medidas oficiales de represión hay un lÃmite muy sutil que ya empezó a atravesarse.
Por eso hablamos de la falta que hacen partidos polÃticos renovados y conductores capaces de enfrentar los nuevos retos, que entiendan la crisis de identidad que afecta a su militancia y a su dirigencia, que elaboren una respuesta social al despojo que significa la corrupción y la impunidad, y que privilegien la solidaridad antes que la ideologÃa, encarando ese sombrÃo pesimismo que pareciera invadir a nuestra gente.
No hay democracia sin participación popular, finalmente ella es la verdadera conciencia histórica del paÃs.