LITERATURA
Por Doris Sommer*
Las novelas románticas van de la mano con la historia patriótica en América Latina. Despertaron, las unas en las otras, un ferviente deseo de felicidad doméstica asà como proyectos de construcción nacional. Novelas y naciones se seguÃan como en un anillo de Moebius, donde la legitimidad estatal depende del sentimiento y la pasión responde al llamado a engendrar un paÃs. La consigna la plasmó Alberdi, después de tanta guerra de independencia y tanta guerra civil: "Gobernar es poblar". Ãl y otros próceres prepararon proyectos nacionales en obras de ficción e implementaron textos fundacionales a través de campañas legislativas o militares.
Para el escritor-estadista no habÃa claras distinciones entre el arte y las verdades, entre las proyecciones ideales y los proyectos reales. En los espacios de nuevas historias, los narradores escribÃan libros que se convertirÃan en novelas clásicas de sus respectivos paÃses. Durante una generación a mediados del XIX --una ventanilla esperanzadora para la imaginación democrática--, los héroes románticos compartÃan notables rasgos fÃsicos y sentimentales con las heroÃnas. Su valentÃa productiva dependÃa de ello, para crear perdurables lazos entre hombres y mujeres, figuras para sectores contrincantes. Advertimos, por ejemplo, las finÃsimas manos de Daniel Bello en "Amalia", la fragilidad femenina de Rafael San Luis en "MartÃn Rivas", y la facilidad con la que los héroes se desatan en lágrimas en todas estas novelas. Esta (con)fusión de géneros produjo también heroÃnas perseverantes e ingeniosas que confrontan a las autoridades, conspiran para escapar de la opresión y rescatan a sus indefensos héroes. Los amantes, igualmente admirables en virtud del romance, amenazan a lo largo de cientos de páginas sugestivamente democráticas con socavar la asimetrÃa social, aunque al final las mujeres se someten a la voluntad de sus hombres. A pesar de ello, estos libros complicaron los supuestos hegemónicos acerca de las relaciones entre razas y géneros, tanteando una nueva consciencia en lo que respecta a los derechos humanos.
Los modelos extranjeros, tan admirados por los latinoamericanos, fueron superados o corregidos por discÃpulos inconformes ante los resultados de las trágicas e improductivas aventuras extramaritales. Los novelistas americanos no tardaron en encauzar las galanterÃas del Viejo Mundo hacia conclusiones más felices o más prometedoras. "MartÃn Rivas", de Alberto Blest Gana (Chile, 1862), por ejemplo, reescribe "Rojo y negro" de Stendhal al unir en matrimonio a MartÃn, el secretario provinciano, con la distinguida hija de un acaudalado burgués de la capital. Y "O guaranÃ" de José de Alencar corrige la tragedia del "Ãltimo de los mohicanos", al dejar escapar al prÃncipe indÃgena junto con su amada portuguesa. No habÃa tiempo para coquetear con la tragedia cuando tenÃan ante sà la responsabilidad de engendrar nuevas naciones, como en los momentos de exaltado optimismo de la Revolución Francesa, cuando el lema rezaba "Ahora es el tiempo de procrear". Pero los padres de las naciones no podÃan imponérselo despóticamente a las madres, si anhelaban una prole legÃtimamente burguesa.
Su exitosa seducción no debe subestimarse. Entre sus logros están las repúblicas latinoamericanas. El matrimonio llegó a significar consolidación nacional, superados los conflictos regionales, económicos y partidistas. Las uniones amorosas en "Amalia" (1851) prescriben alianzas regionales; en "MartÃn Rivas" (1862) se unen los intereses mineros de Chile al comercio de la capital; y "El Zarco" (1888) celebra el amor incondicional de una mestiza por un héroe indio.
La variedad de familias "naturales" celebrada en los romances nacionales ofrece una gama de programas sociales, desde el racismo al abolicionismo, la nostalgia a la modernización, el libre comercio al proteccionismo. En "Amalia" la piel blanca de los amantes contrasta con la piel oscura de la masa ingobernable. "MartÃn Rivas" intenta mitigar las oposiciones al crear lazos legitimados por el buen manejo del dinero. Pero el intento de mitigar diferencias queda frustrado en las trágicas novelas cubanas, escritas antes de la Independencia con la esperanza de convocar ejércitos multicolores para conquistarla. Los desencuentros raciales son también la causa de la tragedia de "Aves sin nido", mientras que el color autóctono alienta esperanzas de regeneración nacional en "El Zarco" de México. Y aunque la raza no parece entrar en juego en "MarÃa", su herencia judÃa la condena a identificarse con los negros racialmente inasimilables.
Pareciera que la diversidad anularÃa cualquier estructura común, pero estas novelas y otras producen un palimpsesto erótico que nace de su proyecto común: la construcción de un futuro mediante los amantes destinados a desearse mutuamente, de manera que acaben con las riñas y jerarquÃas achacadas al dominio colonial y caduco.
[*] Profesora de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard.