CINE
Por Ricardo Bedoya
"Juno" es el segundo largometraje que dirige Jason Reitman, el realizador de "Gracias por fumar". Esta vez cuenta con un guion muy hábil escrito por la novelista y bailarina Diablo Cody.
¿En qué radica esa habilidad? En su capacidad para deslizarse, fluir con suavidad, pasar con comodidad, y recorrer sin asperezas los asuntos más álgidos sin hacer olas peligrosas, causar crispaciones ni despertar sentimientos fuertes. Si nos ponemos a enumerar los "grandes temas" que se asoman por la trama de esta pelÃcula, desde la maternidad adolescente hasta la responsabilidad de los padres pasando, claro está, por el embarazo no deseado y la posibilidad del aborto, pensarÃamos estar frente a un drama social contemporáneo. Pero en "Juno" no hay nada de eso: la clave es la de una comedia agridulce, con toques de un ingenio verbal permanente expresado en esos diálogos acerados que son la marca de la guionista y que afirman siempre y a cada momento la curiosa vitalidad del personaje principal.
Juno, encarnada por Ellen Page, es el centro de la pelÃcula. El personaje está concebido a partir del contraste: es pequeña, frágil y menuda, pero tiene gestos de mujer madura, fuma pipa, toma decisiones difÃciles sin mayores dudas y opaca al resto con la sensatez más o menos rústica de sus opiniones. Juno es una curiosa supérstite de las 'ondas' libertarias y rebeldes de décadas pasadas. Eso es lo que reconoce en ella el "padre adoptivo", músico que lleva el emblema de Kurt Cobain a pesar de que ya renunció a mantener tensiones con el sistema. Juno es como un recuerdo de su juventud y el reflejo inverso de su bella, comedida y perfecta esposa. La atracción entre la joven y el músico es un asunto que la pelÃcula deja allÃ, sin mayor desarrollo, como un apunte impresionista más.
Sin cargar las tintas ni mostrar acritud, la pelÃcula destila ironÃa al invertir roles, actitudes y modos de ser generacionales: los adultos son como adolescentes revejidos, que empiezan a descomponerse sin haber alcanzado la madurez, mientras que Juno se mantiene lúcida por su afiliación a un modo intemporal de ser adolescente, mezclando la pragmática sensatez con la insolencia.
ESCENA LOCAL
El acuarelista
Pocas pelÃculas peruanas han logrado el acabado formal de "El acuarelista". Se nota en la prolijidad de la hechura de las transiciones, las disolvencias, los fundidos, la calidad de la fotografÃa, el relieve del sonido; en una palabra, en sus valores de producción.
La cinta de Daniel Ró cuenta una fábula: el señor T abandona su oficio de siempre para dedicarse al arte de la acuarela. Se muda y empieza una nueva vida en el departamento de un céntrico edificio. Allà encuentra la inspiración pero también el infierno, que "son los otros". Sobre la historia del señor T planean los recuerdos y las imágenes de "El bebe de Rosemary", "El inquilino", "Barton Fink", incluso de "El resplandor", y de otras ficciones sobre espacios habitados por fuerzas perturbadoras para el artista que trata de vencer la resistencia de la "página en blanco" o el lienzo vacÃo.
Pero "El acuarelista" tiene un problema central: durante todo su desarrollo se mantiene en una "tierra de nadie" emocional: ¿el asedio al kafkiano o acaso polanskiano Sr. T (Miguel Iza) es heraldo de un terror inminente, un horror metafÃsico, un signo paranoico, una crisis psicótica, un grotesco inexplicable, un complot ejercido por las fuerzas combinadas del absurdo y la irracionalidad del mundo? Tal vez sea el resultado de todo ello, pero el guion no potencia esas posibilidades, que lucen como situaciones esporádicas que se acumulan en vez de crecer, alineándose en vez de imbricarse. La idea de la telaraña que envuelve al personaje estaba mejor expuesta en dos cortometrajes de Daniel Ró, que son antecedentes directos de "El acuarelista": "El diente de oro" y, sobre todo, "El colchón", su trabajo inicial.