BUENOS AIRES. "Viajé a esa hermosa ciudad para estudiar cine. En realidad, tenía la intención de irme a París, pero me di cuenta de que Buenos Aires era una fusión entre Paris y Madrid en el mismo Latinoamérica. Todas esas características juntas hacían ese lugar muy especial. Me quedé tres años. Declaro a Buenos Aires culpable de muchos delitos: me ha secuestrado, me ha seducido y ha desbaratado en mí todo eso que ahora recuerdo como las características del limeño ortodoxo. La concheta Recoleta fue escenario de mis sueños como estudiante de cine, un pequeño París, un poco más bullicioso, aunque un poco más amigable. Palermo es una demostración viva de cómo los artistas renuevan las grandes ciudades. San Telmo, con unas pinceladas de La Habana, fue alguna vez el barrio de la aristocracia, algo así como nuestro melodramático Barranco (aunque para San Telmo sí sería un gran honor contar con un Museo de Arte Moderno); Buenos Aires tiene de todo un poco y de nada demasiado. Al llegar, hay que desprenderse del prejuicio del turista y aventurarse a disfrutar. Hay que olvidarse de Corrientes y lanzarse a descubrir el fascinante mundo teatral en los rincones de El Abasto. Acabada la función, el objetivo es encontrar un buen boliche de esquina donde comer un bife de chorizo y tomar una Quilmes bien helada. O, caso contrario, reservar uno de los buenos restaurantes de Palermo Soho y comer un delicioso Cordero Patagónico acompañándolo de un sofisticado vino mendocino. Hay Buenos Aires para todos, che".