Por Mauricio Gil Ballón
Es 1965. El público inicia una silbatina burlona. Pifia a aquel luchador acusado de ser 'rococó': pelo lacio y largo, argollas en las orejas, una media luna colgada al cuello, un brazalete con cocos para ser usado en la pelea, y una rosa ofreciendo su perfume cerca de la nariz. Es Mustafá, quien dirige una mirada arrogante a las graderías, árbitro y contrincante.
Ya en la década de los cincuenta, el empresario Max Aguirre promovía la lucha libre y el box. Imitó el sistema utilizado en Argentina, que fue el primer país de América del Sur en tener un circuito de catchascán organizado. Aguirre trajo luchadores de Europa y del resto del continente americano. Así aparecieron los primeros ídolos peruanos, como el Yanqui (que era el hermano de Aguirre), y los centros de lucha libre abiertos al público, como el Luna Park.
Claudio Sanguinetti o Mustafá, hoy de 71 años, aún tiene esa media luna en el cuello. No ha podido desprenderse del recuerdo de cuando el catchascán era popular en nuestro país. Él se desprendió de la tutela de Aguirre para formar parte del Sindicato de Luchadores, en ese entonces del Partido Aprista. Solo en Lima, existían cerca de 60 luchadores profesionales, y hasta se organizaban giras provinciales. En Cerro de Pasco, recuerda, un manazo era como recibir una piedra. Una vez hasta colocaron el ring en medio del estadio en Arequipa y lo llenaron. Mustafá luchaba con el 'rostro limpio', sin máscara alguna, y fue parte de los 'rudos': aquellos que a veces olvidaban el reglamento.
"En la época en que era más conocido, por el año 64, hasta me tiraban piedras en la calle. Es que en el ring utilizaba artimañas fuera de la norma, como estrangulaciones directas, golpes a las orejas, dedos a los ojos y trabajos en la cuerda", cuenta Mustafá, que en 1960 cambió el fisicoculturismo por la lucha libre peruana. Y si él era un 'rudo', entonces Robin Hood era un 'técnico', respetuoso y caballero dentro del ring, pero sin dejar de machucar al rival.
Este Robin Hood no tenía a Sherwood como su espacio vital, sino al bosque de cemento del Callao y La Victoria. El Coliseo Amauta, en la década de los setenta, era el escenario donde realizaba su golpe especial: la tijera. Es decir, enganchaba el cuello del rival con las piernas.
"En nuestro tiempo la lucha era mucho más ruda. Prevalecía el golpe. No tenía nada que ver con las simples coreografías de la WWE estadounidense. Yo tengo 14 puntos en la cabeza. Ahora que soy mayor pienso que, quizá, parte del público era gente que le gustaba el golpe como sadismo", analiza Robin Hood.
Él obtuvo su nombre de lucha por el productor argentino Caparró, creador de "Los colosos del catch", emitido por el Canal 5 desde 1972 hasta 1975, que no era más que una copia de "Los titanes del catch" de la televisión argentina. Fue Caparró el que personificó a varios luchadores peruanos, e imprimió el drama e historia novelera del espectáculo que requería la pantalla.
Rubén Cavallini o Robin Hood, de 57 años, subía al ring con una camisa de seda inglesa, un chaleco de cuero con gamuza, pantalón de malla y botas verdes. Un titular de un periódico de la época lo describió como "el ídolo de las quinceañeras y de las jamonas". Es que sin importar de que acabara una pelea con sangre en la cara, las señoritas de la época le besaban el rostro y se tomaban fotos con él. Todo esto hasta que "Los colosos del catch" caducó por las feroces reglas del espectáculo y del ráting.
"El programa llegó a su fin, porque nosotros los luchadores, decidimos matarlo. Sucedió que, de pronto, el ring del Amauta dejó de ser un santuario de luchadores. Hasta comediantes empezaron a subir al ring. En palabras de Robin Hood, el catchascán se convirtió en una payasada. "Hasta quisieron llevar a Melcochita". La inclusión de personajes herejes en el mundo del catchascán fue tomado como un insulto.
Apocalipsis, que desde un primer momento deja en claro que su nombre de pila debe quedar en reserva, cree que la idea de falsedad e histrionismo que tiene el público del catchascán es por culpa de la televisión. "Todos creen que la lucha libre es solo lo que vende la WWE". Él fue bautizado con ese nombre por Robin Hood. Las categorías y experiencia son respetadas en este deporte. Su alias refiere al fin del mundo, porque cada vez que pelee, deberá ser como el último día de su vida.
Antes de ser Apocalipsis y llamar a su golpe especial como el Armagedón, pensaba que el catchascán era pura finta. Dice que no podía estar más equivocado.
Él, que ha participado en un Mundial de Lucha Grecorromana representando al Perú y que ha hecho vale todo, es uno de los principales representantes de la generación actual del catchascán en el país. Carga el peso de la nula aparición de luchadores en las décadas del ochenta y del noventa, y el de la debacle de la cultura e idiosincrasia de la lucha libre en la sociedad peruana. Recién hace seis meses se ha vuelto a formar el Sindicato Único de Luchadores Profesionales del Perú, con la participación de Mustafá y Robin Hood, que velará para que esta actividad tenga continuidad y no vuelva a caer en el letargo de las últimas décadas.
Apocalipsis tiene 33 años y pelea con máscara. Cada luchador tiene el libre albedrío de cubrirse el rostro o no. Al igual como fue Mustafá, él es parte del bando de los 'rudos', que son los más odiados y amados por el público. Ha tenido la oportunidad de viajar mucho por el catchascán, a pesar de que en Lima solo exista una escuela para los que quieran revivir este deporte: la Nueva Generación de Wrestling (NGW). Aunque el tutor regular sea otro luchador, Espectro, Apocalipsis ha tenido la oportunidad de enseñar sus experiencias.
Por ejemplo, gracias a sus viajes, ha constatado lo que los viejos luchadores más recuerdan de sus peleas: el paroxismo del público. Dice que no existe otro como el de Bolivia, donde simplemente pierden los estribos. Una vez una mamacha llegó a pegarle con una madera de un cajón de frutas, mientras él ajusticiaba a su rival fuera del ring de tabla y lona prensada.
La generación de Apocalipsis quiere recuperar la identidad del catchascán en el Perú. Traer de vuelta lo que dijo Robin Hood del efecto que ocasionaba en los luchadores hace décadas: "En el desarrollo de la pelea tu adrenalina subía, los gritos de la gente te aturdían. Simplemente, te encerrabas en tu mundo, mientras afuera el público enloquecía".
No importa a qué generación pertenezcan, todos estos luchadores coinciden en que ha sido y es lo mejor de su vida. Será cuestión de no rendirse para encontrar la llave correcta para que la lucha vuelva a surgir.
ESCUELA
Por el regreso de la lucha
En Lima solo existe una escuela de catchascán o lucha libre: la Nueva Generación de Wrestling. Dos de sus alumnos, Wilfredo Pacheco (15) y José Miguel Flores (16), quieren ser recordados por ser grandes luchadores. Primero deben convertirse en profesionales. Para esto, deben pasar dos años de entrenamiento y luego dar la prueba de suficiencia, en la que luchadores antiguos califican sus habilidades en el ring.