Por El Veco. Periodista
No extendió una mano para pedir una moneda, esa obligación impuesta por los mayores que achica la autoestima, crea en el niño la posibilidad ficticia de ganar el pan sin hacer nada y termina achatando su futuro. En la casa de Vitor Borba Ferreira solo sobraban precariedades, aunque la pesca ayudaba a llenar la olla. Cuando pudo pararse, vendía chucherías en la playa de Recife y si para practicar fútbol tenía que caminar 20 kilómetros, lo hacía.
Cuando Rivaldo recibió en 1999 el Balón de Oro de France Football y también la distinción como mejor jugador FIFA del año, le preguntaron sobre su mayor virtud. Y no habló de su mágica pierna zurda de dribling largo, de su remate seco desde 25 metros, de su facilidad para colocar la pelota ya fuera sobre la barrera o al palo del arquero. No mencionó su excepcional cambio de ritmo en plena área como Romario, Gerson o Cueto ni las chalacas memorables. El astro del Barcelona hizo un largo silencio y solo dijo: "Mi tenacidad". Y en ese momento seguramente volvió a su niñez con las zapatillas hechas flecos y el pantalón de baño raído y midió cuánto había pasado en esos 27 años de entonces.
Hoy tiene 36 y les confesamos que le habíamos perdido el rastro. El último contacto informativo surgió de la tierra de Sócrates y Homero, de la Grecia admirada, faro inmenso de todo lo culto, donde jugó en el Olympiakos y el AEK. El silencio posterior pareció adelantar un explicable adiós, el adormecido punto final sobre algodones que han dado tantos. Y de pronto todo cambió. "Rivaldo sigue activo y juega hoy en el Bunyodkur de Uzbekistán" y el goleador del campeón de la Copa América del 99 aseguró que le brindan todas las comodidades propias de un club grande, que se siente muy bien y que firmó contrato hasta el 2011. Y solo faltaron los claros clarines que merecía la grata nueva. Mediapunta u 'otro delantero' para otros, está entre los grandes del histórico Brasil. Aquel borrón de su actuación ante Nigeria en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, donde perdió dos ocasiones de gol muy claras, le valieron el mote de 'mufa' (salado) en algún sector de la prensa carioca. Rivaldo lo borraría con lujo en el Mundial 2002 de Corea y Japón. El propio Luis Felipe Scolari lo eligió el mejor jugador del pentacampeón desde el punto de vista táctico.
Nosotros evocamos su extraordinaria actuación ante Inglaterra. Estábamos en el estadio japonés con Jorge Barraza, Jorge Esteves y Fernando Jiménez y reclamábamos una jugada que nos reencontrara con el fútbol arte, hartos de los cabezazos y de la lucha física. Y de pronto Ronaldinho amontonó ingleses sobre la izquierda y la cruzó sobre el otro sector. Y allí asomó el zurdo Rivaldo sobre la derecha, como tantas veces, para afinar la puntería y con prolijidad de Adolfo Suárez ante la carambola decisiva, bien entizado el taco, la puso sobre el segundo palo. Golazo. ¡Por fin!, gritamos. Y nos abrazamos los cuatro en el festejo como si hubiéramos nacido en la Recife de Vitor Borba Ferreira.
Faltaba algo más. En el segundo tiempo, tras la expulsión de Ronaldinho, se puso el equipo al hombro y lo llevó al triunfo. Esa tarde 'agendamos' al mejor Rivaldo que hayamos visto jamás. El 'mufa' de Atlanta había jugado el gran partido de su vida. La rompió.