Por Carlos Salas. Periodista
Admiro al primer Jayo, aquel de los años 90. Era una maquinita de cortar y pasar, una versión 'small' de Velásquez, un volante pac-man de esos que te apuntan a los tobillos y te persiguen hasta devorarte. Creo, sin embargo, que su vuelta a Alianza es un paso atrás. No para él --que recupera protagonismo--, sí para el club --que evidencia una peligrosa dependencia--.
Lo explico: traerlo de vuelta es avalar la indisciplina de setiembre y emitir un mensaje gravísimo: no importa si chupas o te excedes; si eres referente, Alianza te perdona. Traerlo de vuelta es, además, admitir que el club no es capaz de producir líderes nuevos en ese vestuario. Es, finalmente, resignarse a que Jayo sea para Alianza lo que en su momento Carranza fue para la 'U': un jefe intocable que hace del camerino su feudo, y que está más allá de todo, incluso de la voluntad dirigencial. En lugar de refundar su plantel o proyectar a un joven en el papel de cabeza, el técnico Gustavo Costas ha recurrido a lo conocido y ha pedido a Jayo. Bien por Jayo, mal por el club.