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Tras los retratos de la crueldad

Al dejar una carrera militar de quince años, el francés Alain Wittmann optó por dedicarse a la fotografía forense. Su trabajo ha permitido esclarecer violaciones de los derechos humanos. Desde hace un tiempo ha puesto su lente en el Perú

Por David Hidalgo Vega

Como corresponde a un hombre que toma fotografías de restos humanos, Alain Wittmann es un tipo sereno. Por momentos sus gestos adoptan la gravedad de alguien que está acostumbrado a trabajar en silencio. De hecho, durante años ha captado imágenes de lugares que enmudecerían a cualquiera, por las huellas de crueldad que presentaban, de manera que la apariencia metódica de su carácter no resulta una sorpresa. "Uno no imagina las cosas que se puede ver en este trabajo", señala. Su objetivo es traducirlas en evidencia.

Wittmann no pasó por la conversión de retratar paisajes a escenas truculentas o de los retratos vitales a estampas de la muerte. Antes de asumir el lente como instrumento, hizo una carrera militar. Estuvo quince años en el Ejército francés, hasta que por alguna razón --que evita comentar-- decidió jubilarse. Durante ese tiempo de servicio había llevado cursos de investigación en criminalística: detección de documentos falsos, grafología, análisis de huellas digitales. También recibió instrucción en fotografía. Al volver a la vida civil aplicó los conocimientos a una clase especial de búsqueda: la que apunta a esclarecer violaciones de los derechos humanos.

Su primera experiencia fue en la antigua Yugoslavia. Había ingresado como parte del personal civil para el Tribunal Penal Internacional que investigaba los crímenes ocurridos en la sangrienta guerra civil. "Tenía que tomar fotos de las fosas. Algunas eran muy grandes. Recuerdo una en Bosnia en la que habían sido enterrados 250 cuerpos", recuerda. Captar detalles específicos del modo como tantos seres humanos fueron ejecutados podía resultar abrumador, incluso para un hombre entrenado en las secuelas de la guerra. "Fue impresionante", admite Wittmann.

El trabajo requiere minuciosidad extrema. "Cuando llegamos al sitio, lo primero que hago es una foto general antes de cualquier intervención. Después el antropólogo y el investigador delimitan la zona que se va a exhumar y entonces hago otra foto. Empiezo a tomar etapa por etapa, según lo que van encontrando", explica. Cada paso es registrado tanto en vistas individuales como en video. Al final del proceso, Wittmann vuelve a retratar la zona antes de concentrarse en los cuerpos.

No se limita a tomar la imagen. Con el tiempo ha desarrollado una técnica que le permite reconstruir, bajo dirección de los antropólogos forenses encargados, el rastro de la herida o heridas fatales. En ocasiones su manera de captar el impacto y la trayectoria de una bala es de tal precisión, que basta una imagen para comprender la circunstancia del ataque. A la indicación "entrada parietal de derecha a izquierda", Wittmann coloca una delgada flecha de plástico, del grosor de un catéter, que ingresa por el agujero correspondiente al primer impacto y se proyecta hasta el orificio de salida. Cuando la víctima presenta varios impactos, pone flechas de varios colores que definen las trayectorias de manera irrefutable.

"Hay fotógrafos forenses que llegan, toman la foto y ya. Pero no, en una buena foto tú tienes que reflexionar qué es lo importante, qué necesitas mostrar", refiere. En otra de esas imágenes, por ejemplo, se ve un cráneo en el que ambos agujeros, de entrada y salida, están perfectamente alineados, en una trayectoria que los antropólogos señalan como evidencia de una ejecución. El sentido de su trabajo es que un juez vea esa imagen y entienda de inmediato lo que tomaría muchas explicaciones por escrito. "La foto te permite ver algo que el ojo normal no ve", precisa Wittmann.

El medio de los fotógrafos forenses civiles no es muy amplio. Por lo general esta labor es asignada a policías dedicados a la investigación científica. El espacio fue abierto por el Tribunal Penal Internacional para la otrora Yugoslavia, que además de los especialistas oficiales admitió la participación de profesionales independientes de cualquier relación con el Estado. Wittmann fue uno de ellos.

En medio de las investigaciones conoció al antropólogo forense peruano José Pablo Baraybar, entonces director de la Oficina para Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la ONU en Kósovo. Desarrollaron una buena relación profesional: las indicaciones del peruano eran traducidas en imágenes eficaces por el francés. Con el tiempo, Wittmann sería el único fotógrafo forense civil de dicha dependencia internacional. "Sea oficial o civil, uno debe respetar todas las reglas", precisa. El resultado es que el trabajo de ambos ha servido para presentar evidencias en varios juicios claves en esa región.

Wittmann sigue colaborando con Baraybar, ahora para el Equipo Peruano de Antropología Forense. Ha participado en varias pericias de parte, que son estudios a pedido de familiares de las víctimas para contrastar las evidencias presentadas por investigadores del Estado. Trabajó en el caso de La Cantuta, en el del piloto del avión presidencial que supuestamente se suicidó durante la dictadura fujimontesinista, en fosas de Ayacucho. "En varios casos hemos visto errores en las fotografías oficiales, porque ofrecen detalles confusos. Las nuestras son más limpias; muestran solo lo que se necesita", explica.

Hay un costo personal en esto. No se puede ver tanta maldad sin secuelas. "Mentalmente es duro. Hay que tener carácter para seguir", dice. Ayuda tener un ideal. En este caso la justicia.

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