DEL EDITOR
Por Gisella López Lenci
A menos de veinte días para que asuma la presidencia estadounidense, Barack Obama ha preferido no pronunciarse sobre lo que ocurre en Gaza. Los bombardeos israelíes lo encontraron vacacionando con su familia en Hawái.
Sin embargo, su silencio sobre el tema ha preocupado a algunos. ¿Por qué cuando ocurrieron los atentados de extremistas en Bombay, a fines de noviembre, sí emitió un comunicado para condenar el hecho? ¿Por qué ahora, cuando la cifra de muertos supera los 400, ha preferido callar?
La respuesta tiene varias aristas. Oficialmente, Obama aún no es el jefe de la Casa Blanca y no le corresponde pronunciarse sobre asuntos de política exterior que atañen exclusivamente a la actual administración. En ese caso, no debía haberse pronunciado sobre lo ocurrido en la India.
Obama y su entorno saben bien que el conflicto palestino-israelí es demasiado complejo como para aventurarse a un pronunciamiento que podría interferir en unas futuras --y por ahora lejanas-- negociaciones de paz.
"La posición de Obama es muy precaria. El lobby judío llamó a no votar por él, por eso ha elegido permanecer en silencio", comentó Hilal Khashan, profesor de Ciencia Política de la Universidad Americana en Beirut.
Durante la campaña, sus opositores republicanos incidieron en el pasado musulmán de su familia, sobre todo su estancia en Indonesia, país natal de su padrastro y donde vivió su infancia. Esto, además de que su segundo nombre sea Hussein y de la difusión de unas fotos en las que salía vestido con una túnica islámica de una tribu de Kenia.
Obama toreó la situación y prefirió mantener un discreto silencio en el tema y desviar la atención de la encarnizada campaña electoral hacia los errores de la administración Bush. Esta vez, su estrategia podría ser similar. Optar por quedarse callado para no verse involucrado antes de tiempo en un conflicto complicado y al que deberá poner todas sus energías cuando ya esté pisando el terreno.
Otros especulan con otros motivos. Su próximo jefe de Gabinete es Rahm Emanuel, ex voluntario de las fuerzas israelíes y cuyo padre, incluso, llegó a decir hace unas semanas que su hijo era una garantía de que Obama apostaría por una política más proisraelí.
Para nadie es novedad, tampoco, que su experiencia en política exterior es precaria y que por ello ha recurrido a viejos conocidos para acomodar la balanza, como su vicepresidente Joe Biden o la designada secretaria de Estado, Hillary Clinton. Atreverse a dar una declaración antes de tiempo podría ponerlo en una incómoda situación en el área más incómoda para EE.UU. como la de las relaciones internacionales. Ya en campaña pisó en falso cuando dijo, ante la poderosa asociación de judíos estadounidenses, que Jerusalén era la capital indivisible de Israel. Algo que ni siquiera George W. Bush se atrevió a decir.