EL LARGO CAMINO PARA LLEGAR A LA CONCIENCIA DEMOCRÁTICA
Por Ernesto Velit Granda. Analista político
En las puertas del siglo XXI, cuando el comunismo colapsaba en Europa Oriental y la socialdemocracia daba signos de agotamiento en Occidente, muchos celebraron la "asombrosa victoria del liberalismo político y económico" y no faltó quien anunciara, con un convencimiento atrevido, el esperado fin de la historia.
A partir de aquello se abrió un camino, difícil, acosado por la fuerza concreta de las crisis y los desalientos. Y se empezó a formular preguntas sobre la condición, aparente, del nuevo hombre liberado y humanizado, sin advertir que pronto se plantearía el dilema de qué reemplazaría las esperanzas frustradas y si sería posible una nueva cultura sin tener que soportar dolor. La historia empezó a mostrarse como el egoísmo en el sentido propio y la voz del hombre terminaría por unirse al coro con partituras escritas por el poder.
Freud decía: "El desarrollo de toda sociedad es inconcebible sin contradicciones y el oscuro deseo del hombre por la sangre y la muerte es inerradicable". A estos aparentes desafíos no se les han dado respuestas satisfactorias de parte de los grandes pensadores contemporáneos y, menos aun, de las jerarquías espirituales.
"Caminamos sin brújula --dice Duverger-- y las tres cuartas partes del mundo son gobernadas con máscaras de textos jurídicos que simulan un Estado de derecho".
Pareciera ignorarse que conciliar libertad y justicia es la llave maestra de la política, es resumir las naturales aspiraciones humanas al orden, a la igualdad y al respeto a nuestra identidad. Sin solidaridad no hay humanismo, es desbrozar el camino a la intolerancia que propicia la violencia y arremete la dignidad humana.
Son las instituciones democráticas con su desarrollo y los individuos con su participación los que contribuirán a incrementar el activismo cívico y a elevar la conciencia colectiva, las que determinen la condición del hombre en la vida social, las que ayuden a convertir la responsabilidad en cualidad personal.
Si hay renacimiento terrorista y violencia homicida, entre nosotros, es porque la democracia es precaria, porque las bases éticas y las morales están ausentes, porque hay conductas distorsionadas alrededor del poder.
Exigir honradez política e intelectual pareciera retórica fácil, pero requiere forzar a la conciencia a una suerte de enderezamiento permanente y sostenible que podría resultar hasta un riesgo calculado. Lo contrario sería pretender imponer en la conducta de las personas ideales artificiales en contra de su libertad.
G. Steiner --autor de "Lenguaje y silencio"-- se pregunta: "¿Para qué elaborar y transmitir cultura si esta hizo tan poco para contener lo inhumano, si en ella están insertas ambigüedades que hasta solicitaron la barbarie? No entender, por ejemplo, lo que representa el delirio destructivo de algunos gobiernos de Occidente o la demencia política de los responsables, es, sencillamente, no pensar en el futuro, es fomentar la hostilidad venenosa del hombre, es decidirse por el suicidio del silencio.
En nuestro caso, la inocultable incapacidad de nuestra clase política alienta las conductas distorsionadas y perversas que se muestran desde el poder. De allí lo importante que es debatir sobre el destino de la patria, reconocer que no deben existir grupos impedidos de opinar, y que no aceptaremos élites que monopolicen la confrontación sobre el futuro del Perú y sus realidades específicas. Renunciemos a ser lo que parecemos, una suerte de arúspice de nuestro realismo democrático.