Por Fernando Vivas
Del click de Tula al crack de Magaly, la tele nos ha endilgado conductoras al borde del ataque de nervios, amas de set desesperadas, procesadas y arrestadas. Magaly, el lunes por la noche, parecía la suma problemática de sus colegas: marcada como la Bozzo, cantinflesca como Gisela, quebradiza como Tula y como Karina Calmet cuando la sentenciaban en "Bailando por un sueño". Aunque, claro, la sentencia de la 'Urraca' sí es cosa seria.
Si hiciera una lectura machista de la performance de nuestras divas diría: "Así son, las empoderas con tanto ráting y se vuelven histéricas". Pero como soy feminista moderado, no generalizo barbaridades, pues ni Magaly, Tula, Laura o Gisela encarnan la lucha de la mujer por la equidad en la tele. Por el contrario, si tienen algo en común, es que su estrellato está hecho de las miradas cómplices de una platea puritana y de los cálculos de los patriarcas que manejan los canales y de los que anuncian en sus tandas.
Al diablo, entonces, las lecturas y coartadas de género: este es el drama singular de una estrella con pico y patas de barro, y si somos compasivos, hay que ayudarla a superarlo sin fregarnos la paciencia en el intento.
A ver. La propia Magaly ha dicho que está hecha pedazos y ha pedido una tregua para recogerlos y juntarlos. Concedida para todo el verano. Ha dicho que sufre de depresión y tiene apoyo psiquiátrico. Hace bien en decirlo. Prometió que se rectificará si la Corte Suprema lo ordena. ¡Error! Es más que seguro que la CS confirmará su culpabilidad. Lo que tenía que hacer era mostrar su voluntad de rectificar y salir adelante.
La estrella de Magaly ha quedado marcada para siempre. Si insiste, de puro necia, en aferrarse a su inexistente infalibilidad, puede ir para abajo. Si se rectifica en el caso de Paolo Guerrero y a partir de allí da un giro moderno y jubiloso a su programa, sin el fatalismo prejuicioso con el que agrede a sus ampayados, podría renovar su brillo.