Por Mauricio Gil Ballón. Periodista
Jamaica suele estar en el horno de los 30 grados centígrados. Calgary, en Canadá, se congela con un promedio de 9 grados bajo cero. ¿Qué pasaría si se llevara el fuego al hielo? El resultado podría ser cuatro militares jamaiquinos tras un trineo en las Olimpiadas de Invierno de 1988: piel negra como contraste de la blanca nieve imperante. La lucha de velocidad y coordinación entre caucásicos, nórdicos y, por primera vez, caribeños. Una malla apretada por uniforme; un trineo negro con la cruz verdeamarilla disparado como bala de revólver. El verano perpetuo en el invierno incansable: Jamaica clasificó a los Juegos Olímpicos de Calgary.
George B. Fitch y William Maloney, dos estadounidenses asentados en la isla de Bob Marley y Usain Bolt, fueron los que creyeron que los jamaiquinos podían deslizarse en el hielo de competencias oficiales, a pesar de que los integrantes del equipo solo conocían ese elemento en las cubetas del refrigerador. La razón: vieron un derby de pushcarts. Al igual que el bobsleigh (trineo sobre hielo), los pushcarts necesitan del rápido empujón y precisa carrera de los integrantes para ponerse en movimiento.
Así, Fitch y Maloney quisieron reclutar a los más rápidos 'sprinters' (aquellos responsables de empujar el carro), pero nadie se presentó espontáneamente a la convocatoria. Por eso tuvieron que convencer al coronel del ejército de Jamaica Ken Barnes de que su país también podía correr en el hielo, y no solo en la arena de las playas. A una orden del militar superior nació el equipo de bobsleigh jamaiquino: un teniente, un capitán, un piloto, un recluta y un ingeniero de rieles. El único deportista fue Howard Siler, ganador de una medalla de bronce a finales de los sesenta, quien se aventuró a ser el entrenador de este bizarro conjunto.
Quizá su historia es la más conocida y, a la vez, tergiversada. Todo gracias a la película "Jamaica bajo cero" de la corporación Disney. La intención del filme no era hacer un documental, por lo que amoldó la vivencia a la conveniencia comercial y humorística. Lo que los productores sí respetaron fue el cenit de los militares mutados a deportistas olímpicos de invierno. Jamaica no terminó su participación en Calgary 88 debido a un accidente: el equipo perdió el control, volcaron el trineo y se estrellaron en una de las curvas. Las cámaras que transmitían el evento, no las que hicieron la película, registraron cómo el cuello del conductor quedó doblado contra la pared de hielo, luego de que el vehículo se detuviera tras ir a 130 km/h.
Los jamaiquinos salieron ilesos, por lo que decidieron terminar la carrera. Levantaron el trineo en sus hombros y, sin resbalar un solo paso, caminaron hasta la meta. Los aplausos no se hicieron esperar: era una oda al espíritu deportivo, un llamado a los orígenes puros de los Juegos Olímpicos, el fuego interno de una pasión reservada al hielo.
Desde entonces, los jamaiquinos fortalecieron su federación de este deporte, y participaron en varias Olimpiadas más. No se detuvieron hasta tener una medalla de oro, la que consiguieron en el Campeonato Mundial de Bobsleigh del 2000 en Montecarlo. El dorado del sol jamaiquino nunca tuvo tanto sentido como entonces.
Sin embargo, Jamaica no fue el primer país tropical en participar en estos torneos invernales. Filipinas se adelantó y en 1972 logró el puesto 42 en las Olimpiadas de Sapporo, en Japón, en la disciplina de gran slalom. Costa Rica es otro ejemplo: en los Juegos de 1980 en Lake Placid, Nueva York, Arturo Kinch compitió en esquí. Incluso una nación africana como Senegal rompió los esquemas y participó en 1984. Actualmente ya no es extraño que países con un sol abrasador e inclemente se hagan presentes en estas competiciones. Es que el hielo también quema, a veces más que el sol.