TARJETA ROSA
Por Chiara Roggero. Columnista
Hace unos días leí una encuesta que le preguntaba a los norteamericanos quién de todas las celebridades sería la peor para tener como vecino. Peleándose la corona con Britney Spears, David Beckham era uno de los más votados. ¿David Beckham?, me pregunté extrañada. Tremendo bombón, con esa cara de bueno. ¿Cómo puede ser él un vecino para despreciar? Y entonces, en un parpadeo, vino a mi mente la figura espigada y puntiaguda de Victoria, su antipatiquísima y compulsiva mujer. Estaba claro, entonces: no era por él tanto rechazo, era por ella, sus millones de carteras y sus piernas alfeñiques.
Cuánto mal y cuánto bien le puede hacer una esposa a un deportista. Me pregunto cuánto influirá en sus decisiones, en sus estados de ánimo, en su manera de jugar. ¿Cuánto tendrán que ver ellas con los contratos de publicidad, con la relación o la no relación que tienen ellos con la prensa? ¿Serán las voces de sus mujeres más ruidosas que las de su conciencia? ¿Hasta qué punto David es David y no Victoria?
Los partidos de tenis son un perfecto escenario para ser testigos de la presencia de estas mujeres. Los morbosos camarógrafos enfocan sus lentes en ellas justo en los momentos cuando sus maridos están perdiendo los puntos del partido. Siempre me he preguntado si el sufrimiento que ellas muestran recae en la pena de ver a su marido perder o en la 'desgracia' de ver el cheque lleno de ceros en manos del oponente; simples dudas que surgen en mi mente perversa.
Dicen que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. ¿Se aplicará esto a los grandes deportistas? ¿O acaso el verdadero talento es más fuerte que un par de buenas piernas?