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¿A quiénes servía y facturaba Business Track?

Por: Juan Paredes Castro

La reciente captura de los principales operadores de una bien montada mafia de interceptación telefónica es como haber matado a un león.

El problema siguiente es cómo cazar al elefante más cercano: el conjunto de evidencias y pruebas que en relación con clientes VIP hacían de Business Track la empresa 'chuponeadora' por excelencia. Poco faltaba para que exhibiera, en ese trabajo, algo así como un ISO 9000.

Esta figura metafórica de cómo pasar de un reto menor a otro mayor, extraída de una de las tantas definiciones de Ernest Hemingway sobre su tarea novelística, debería servir para que la Policía Nacional, el Ministerio Público y el Poder Judicial entiendan que sus pesquisas, investigaciones y judicializaciones no comienzan ni terminan en sus primeras presas de cacería. Por primera vez en muchos años estas poderosas instancias están en el deber y la obligación de cortar definitivamente la impunidad que ha reinado alrededor de la violación del secreto de las comunicaciones.

¿Son conscientes de esta necesidad apremiante el ministro del Interior Remigio Hernani, la fiscal de la Nación Gladys Echaíz y el presidente de la Corte Suprema Javier Villa Stein?

De nada servirían las capturas anunciadas con tanto ruido si las mismas no llevan a ninguna parte. Y lo que sería peor: que las investigaciones concluyeran en el argumento de que las tareas de espionaje realizadas por Business Track estaban en función de ciertos objetivos de seguridad de sus clientes. Para morirse de risa.

El esfuerzo policial, fiscal y judicial tiene que estar dirigido a determinar la enorme dimensión política, comercial, económica y empresarial en que se mueven redes criminales como esta, no solo a partir de la semilla que dejó en tierra fértil el viejo SIN de Vladimiro Montesinos, sino bajo el paraguas de impunidad que le brinda el sistema, al considerar al espionaje telefónico como parte de la cultura de desconfianza social casi paranoica en que vivimos.

Si la fiscal de la Nación nos ha mostrado la punta del hilo de la madeja de una red de interceptación telefónica de la que ya se hablaba bajo sordina, sería realmente un escándalo que con el paso del tiempo no veamos sino eso: la punta del mismo hilo de la misma madeja. Sentiríamos similar frustración a la que sentimos ahora con respecto a la investigación de los 'petroaudios' llevada a cabo por la Comisión Abugattas.

Dicho metafóricamente: ¡A matar, pues, al elefante, caiga quien caiga en la cacería! O nos quedaremos una vez más sin saber quién espiaba a quién, por qué, a pedido de quién y con qué supuestos efectos y réditos.

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