Por: Juan Paredes Castro
Si la justicia peruana tuviera que mirarse el ombligo con sentido crítico y de cambio --cosa que muy pocas veces lo hace-- tendría que reconocer que ese ombligo es su Corte Suprema, con todo el poder de decisiones que esta concentra en sus manos.
Mejor sería, claro está, desear lo ideal: que el ombligo de la justicia peruana lo fueran la probidad de sus jueces y fiscales.
Debiendo ser así, no hay manera de desligar funcionalmente a la Corte Suprema de su enorme tarea de responder, centralmente, de la suerte de la justicia, de los males que encarna, de las reformas que no le llegan y del peor de sus estigmas: la corrupción.
Ocurre que la elección cada dos años (en lugar de cada cuatro o cinco) de un nuevo presidente de la Corte Suprema concentra la atención pública más en la personalidad del magistrado favorecido que en las virtudes corregidas y los defectos aumentados de la institución. Así, rápidamente se olvida el papel clave de la Corte Suprema, tan clave que quien la preside no puede construir un liderazgo de cambio sin la anuencia plena de esta instancia.
La audacia que tuvo Hugo Sivina para romper con la perniciosa dependencia de la Sala Plena de la Corte Suprema y sacar adelante el Ceriajus como la mayor propuesta de cambios que se haya dado en la administración de justicia (hoy encarpetada en el Congreso), lamentablemente no pudo reeditar Francisco Távara, pese al dinámico esfuerzo que desplegó contra la corrupción.
El problema de fondo no es quién toma el mando del Poder Judicial y con qué entorno bien avenido o mal avenido lo hace, con cargo a rendir cuenta de ello. El problema de fondo, en el presente caso, es si Villa Stein tendrá la fuerza y personalidad para evitar que la Sala Plena de la Corte Suprema se lo lleve en procesión.
Si la justicia peruana quiere de verdad mirarse el ombligo tiene que reconocer primero si lo tiene en su lugar, vale decir si la Corte Suprema es el centro visible de su anatomía. Aproximaciones más o aproximaciones menos a esta figura de responsabilidad central, lo cierto es que no hay posibilidad de presidencia exitosa ni de cambios fundamentales en la justicia que no pase por una seria y rigurosa revisión de la Sala Plena de la Corte Suprema.
Villa Stein está entre dos fuegos: el de su controvertido entorno que tendrá que modificarlo y el de una Corte Suprema que podría no dejarlo hacer nada o solo permitirle hacer lo que ella quiere.