EDITORIAL
Desde todo el mundo se alzan airadas voces de protesta contra la violenta y desproporcionada ofensiva israelí en Gaza, que en dos semanas ha causado más de 900 muertos y más de tres mil heridos, la mayoría de ellos civiles, incluidos mujeres y niños.
En tan delicado contexto, ayer mismo el primer ministro israelí, Ehud Olmert, dijo que "se estaban acercando a lograr sus objetivos", pero que aún era necesario "un poco más de paciencia, determinación y esfuerzo". Mientras tanto los ataques arreciaban.
Esta espiral de sangre y violencia tiene que parar ya. Las autoridades de Israel deben atender el llamado al cese de fuego y a la tregua acordado por la Organización de las Naciones Unidas y reclamado paralelamente por diversas organizaciones internacionales, que por sobre todo defiende los derechos humanos de ciudadanos inocentes.
El derecho internacional debe prevalecer, por lo que insistimos en la urgencia de que la comunidad internacional continúe presionando para detener esta escalada tan sangrienta.
Concordamos en que se trata de un caso complejo y difícil, que tiene raíces antiguas y factores distorsionantes como la presencia de grupos terroristas al interior de la nación palestina.
Sin embargo, el hecho de que los esbirros de Hamas se escondan en hospitales o escuelas no puede implicar que se bombardee dichas instalaciones, donde la mayoría de ocupantes no tiene nada que ver con el problema.
Esto no solo es injusto e intolerable, sino que exacerba aun más los ánimos y enajena todavía más a la ciudadanía palestina y árabe contra Israel, en una espiral imparable de odio y resentimiento que no tiene cuándo terminar.
Israel, pues, no puede basarse simplemente en la respuesta militar, y menos en la forma que comentamos, sino que tiene que coordinar y negociar con las autoridades palestinas y los gobiernos árabes la lucha y erradicación del radicalismo violentista de Hamas, que ataca a Israel pero al mismo tiempo hace mucho daño a la causa palestina.
No solo eso. Como lo reseñan los analistas internacionales, es momento de detener los ataques para sentarse a buscar fórmulas de consenso, tanto para afirmar la pervivencia misma del Estado Israelí, pero también del Gobierno Palestino, cuyos habitantes no pueden seguir siendo tratados como ciudadanos de segunda categoría.
A propósito de ello, debe apoyarse a las actuales autoridades palestinas, no solo para que refuercen su legitimidad y se avengan al diálogo, sino también para que asuman su responsabilidad de contener a estos grupos terroristas, a los que debe denunciar, castigar y desterrar.
El reto del Medio Oriente es difícil, pero lo será aun más si se insiste en la beligerancia y en el uso extremo de la violencia por ambos lados. La Unión Europea, Estados Unidos, pero sobre todo la ONU, no pueden cejar en su empeño de usar todos los medios posibles tanto para lograr una tregua y parar el derrame de sangre, cuanto para trazar un plan de paz duradera y convivencia civilizada en la zona.