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MUCHO OJO: Aunque mal pague

Por Fernando Vivas

Genaro le debe a todo el mundo, pero cree que somos los peruanos los que le debemos pleitesía por habernos traído la tele, la vía satélite, las microondas, los celulares y habernos introducido a la modernidad. Hubo otros pioneros, y ya el mercado los ha recompensado como a Genaro, pero así piensa, pues ese es su castillo de ilusiones y, a sus 79 años, no puede creer que se lo vayan a arrebatar. Tanto lo protege que ha preparado el sitio de Panamericana para resistir a los moros: ha traído a soldadores para que enrejen la entrada del canal cuando lleguen las hordas enemigas. En realidad, será una reducida partida donde probablemente estén Pedro Arbulú, los abogados Mario Mori y Carlos Tapia, quizás Ernesto Schütz junior, y la fuerza pública que les provea el jefe de la policía, Mauro Remicio, por mandato judicial.

En el 2003, en similar trance, Genaro mandó a echar pintura amarilla desde los pisos altos, cual jefe de los cristianos vaciando calderos hirvientes a los invasores. Federico Anchorena, que fue miembro de esa partida y debe figurar en esta, tendrá que protegerse la calva, por si acaso.

Genaro no es mafioso ni mucho menos una rata, como rezan las pancartas de sus maltratados despedidos, con cuyos reclamos me solidarizo. Es un empresario que ha buscado con tantas ínfulas sacar a la política lo que no podía sacar al estrecho mercado, y que buscó recompensas que estimaba justas por tantas cosas buenas a las que dio luz verde ("Simplemente María", "El tornillo", "La torre de Babel", "Gamboa", "Nubeluz" y un rutilante etcétera que al evocarlo me hace reconciliarme con él), que cree que el Poder Judicial, la Sunat y cualquier acreedor deben dar luz verde a sus negocios. En ese afán, incurrió en deudas que acarrean cobranzas coactivas y, cuando se sentó con Montesinos, en un proceso por tráfico de influencias que empujó a la prescripción.

Que se serene y busque una conciliación que no nos malogre la pantalla.

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