Por: Richard Webb
Hace poco acepté trabajar un mes para el Estado, sin remuneración. ¿Fue un acto excepcional? De ninguna manera. Gran parte de nuestro esfuerzo está motivado por la obligación social, el cariño, la solidaridad o la pura satisfacción profesional. Tampoco se puede distinguir fácilmente entre el motivo pecuniario y el no pecuniario. La confusión de motivos parece total en las comunidades rurales, donde el esfuerzo laboral parece responder solamente a un conjunto de costumbres y de obligaciones sociales, pero que en realidad esconden una lógica económica. Juan Quispe le cuida el ganado a Pedro Llacta que se ha ido a vivir a un pueblo. Años más tarde, Pedro recibe y hospeda en su casa al hijo de Juan cuando el joven debe trasladarse a un pueblo para estudiar la secundaria. En ambos casos, el cuidado del ganado y el hospedaje del niño, la supervisión directa de la tarea es casi imposible. Solo queda confiar en el empeño y el cariño del vecino. De allí que la obligación se refuerce con nexos sociales, como el compadrazgo y la costumbre comunal, nexos que refuerzan la obligación pero a la vez esconden su aspecto mercantil.
La confusión de motivos existe también en la ciudad, donde es normal que algunos trabajadores se esfuercen más que otros a pesar de recibir el mismo salario, motivados por el compromiso con su empresa, para darse el gusto de ejercer bien su profesión, por empatía con el cliente o porque apuestan a que su ahínco será reconocido y recompensado eventualmente por el empleador. Algunos pensarán que la motivación no pecuniaria es un vestigio arcaico, destinado a desaparecer con la modernidad, pero sucede lo contrario. Es que la economía moderna es, más y más, una economía de servicios, y el trabajo del profesor, médico, contador o empleado de ventanilla tiene un alto contenido cualitativo que responde en gran parte a la motivación profesional y a la obligación social. El gerente de recursos humanos moderno se dedica sobre todo a cultivar esas motivaciones no monetarias.
El mayor reto de gerencia de recursos humanos en cualquier país es la burocracia. En el Perú su número se acerca al millón de trabajadores, que mayormente producen un servicio y cuyo rendimiento depende en altísimo grado de la motivación no salarial. Si queremos eficacia en el Gobierno es hora de empezar a enamorar y motivar a sus trabajadores, especialmente si persistimos en no querer remunerarlos adecuadamente.