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CRÓNICA. FIGURA DE LA MARINERA

La pequeña gran soberana del baile

Cristina Miyagusuku es uno de los últimos fenómenos infantiles de la marinera norteña. Su talento innato y coquetería ya la hicieron campeona nacional. En Trujillo, entregará el título

Por Gabriela Machuca Castillo

Quienes estuvieron allí cuentan que el jurado no despegaba sus ojos de ella. En medio de la pista de baile del coliseo cerrado Gran Chimú de Trujillo, hace casi un año, tres parejas se disputaban el primer lugar de la categoría Infante del Concurso Nacional de Marinera 2008. Pero las miradas de los expertos solo iban hacia una pequeña de ojos rasgados y de una inigualable sonrisa armada por dientes blancos, grandes como granos de choclo peruano.

El inconfundible rostro de Cristina Miyagusuku, sin embargo, no fue el motivo por el que el tribunal se enamoró de ella y por lo que la proclamó campeona nacional. La decisión obedeció a su extraordinario talento para ejecutar el hermoso y complicado baile del cepillado y del punta y taco, don que la ha hecho acreedora de los primeros lugares de los certámenes más importantes de marinera norteña del país y merecedora de invitaciones para realizar su celebrada performance en el extranjero.

Aquel día de verano en la ciudad de la Eterna Primavera, el jurado se dio cuenta de que Cristina era la más diestra de ese arte, y de esa edad, en todo el Perú. Pero primero lo hizo dos años atrás su maestra Marita Medina, quien un día se encontró con el diamante en bruto durante una de las clases que dictaba en el taller de danzas folclóricas Todas las Sangres.

Marita, que también fue campeona nacional pero en la categoría Senior en 1999, ha dictado clases por 15 años y en ese tiempo han sido contadas las ocasiones en las que se ha topado con una campeona de nacimiento.

Ella todavía sigue sorprendida del tiempo récord en el que "la chinita" se alzó como la triunfadora del concurso más importante de todos, lo que constituye una proeza si se tiene en cuenta que la mayoría gana después de muchos años de entrenamiento, debido al empeño y a la dedicación que le ponen. Cristina, en cambio, ganó naturalmente, desde la primera vez que levantó el pañuelo.

DEDICACIÓN CON GUSTO
La disciplina, empero, no le ha sido esquiva a esta limeñita de 9 años. Desde diciembre ha ensayado dos veces por día, a diario, con el fin de volverse a traer abajo el coliseo Gran Chimú del 20 al 25 de enero en lo que será la edición 49 del afamado concurso trujillano.

Esta vez no competirá --así lo dictaminan las reglas--, pero sí entregará la banda a la siguiente triunfadora. Esa, por supuesto, no es razón para no demostrar lo buena que es para hacer la posición inicial, los giros, los desplazamientos laterales, el recojo de la falda, el movimiento del pañuelo y el coqueteo con la pareja. Porque si hay algo más que destacar de ella es que es una perfeccionista sin remedio.

Por eso, en el baile crea, improvisa, muestra su propio estilo. No se va corriendo a jugar cuando acaba su participación, sino que se queda observando a otros talentosos como ella en su afán por seguir aprendiendo. A esa dedicación le suma el hecho de que de nació con el pie pegado al oído. Su coordinación, dicen los conocedores, es casi perfecta.

Y ello se evidencia en la cadencia que guarda con sus parejas. Porque tiene dos: uno limeño y otro trujillano. Con el primero, Fernando Pitot, baila en la capital. El segundo es Luis Fernando Valle, conocido por arrasar con cuanto concurso infantil se tope en el norte y con quien se llevó el campeonato en el 2008.

A ambos les sonríe, les mueve la cabeza, les coquetea, como toda una digna representante del baile del enamoramiento. También hace lo mismo en sus ratos libres con las cámaras, cuando participa de las sesiones fotográficas para los catálogos de publicidad, en los que figura como modelo.

APLAUSO GENERAL
Los padres de Cristina, Lourdes y Guillermo, no pueden estar más orgullosos por la menor de sus dos hijas. Más cuando saben que a pesar de las horas de ensayo ella se las ingenia para ser una aplicada alumna de la primaria del colegio Abraham Lincoln.

Sus compañeros de clase, que con justicia le dicen 'Pucca' por su curioso parecido con el personaje de los dibujos animados, también le hacen barra cada vez que la ven destrozarse hermosamente los pies al son de la música.

- Ahora sí. Sin que nadie nos escuche, dime Cristina, ¿nunca te has aburrido de bailar tanto la marinera?

- No. Me cansó, eso sí. Pero no me aburro. Es bien bonito.

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