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LETRAS

Las veladas y el ficus

LA CONDICIÓN FEMENINA. INTELECTUALES COMO MERCEDES CABELLO Y CLORINDA MATTO SE GANARON UN LUGAR EN UN MUNDO DOMINADO POR HOMBRES.

Por Francesca Denegri*

"De esta carpeta veo el ficus del jardín. Parece que tiene dos brotes nuevos, es tan grande que se mete por las ventanas y las monjas lo cortan porque es masculino ¿por qué será tanta y tanta preocupación?", pregunta María Isabel Sánchez Concha en su delicioso Diario de Belsarima. La entrada es del 5 de enero de 1901, cuando la escritora bordeaba los doce años y en su indudable precocidad ya intuía que acaso lo malo no era precisamente el ficus del jardín, sino más bien el significado arbitrario que se le daba a ese árbol designado como masculino que parecía ingresar disimuladamente en un espacio designado como femenino. Y que así como las plantas y los espacios estaban hechos de una sospechosa y desordenada sustancia sexual, lo mismo pasaba con los saberes, los placeres, los estilos, las lecturas y con todas las cosas de este mundo.

Centro de intelectuales
Apenas treinta años antes y a pocas cuadras del colegio donde medraba el perverso ficus de marras, la argentina Juana Manuela Gorriti había logrado convertir su modesta casa de la calle de Urrutia en el centro de reunión de los intelectuales limeños. En esa casa con ventana a la calle donde vivían ella y sus pequeños hijos se madrugaban en la Lima de la Belle Êpoque eminencias del calibre de Ricardo Palma, González Prada, Cisneros y Salaverry, junto con mujeres quienes como Clorinda Matto, Teresa González y Mercedes Cabello no eran entonces sino jóvenes de ideas comprometidas con el devenir nacional. Ahí se polemizaba acerca de las vías por las que debía discurrir la naciente modernidad peruana entre recitales de piano, arias de Verdi, lecturas de Tradiciones y juegos infantiles.

Lo novedoso de estos encuentros de intelectuales fue que estuvieron regulados por las condiciones materiales propias del hogar, que eran aquellas que las mujeres manejaban y organizaban con soltura en el día a día. No es extraño por ello que fuera precisamente en estas veladas celebradas durante los prósperos años previos a la guerra del Pacífico que las mujeres de la élite se atrevieran por primera vez en nuestra historia a hablar, escribir y publicar acerca de temas políticos considerados tan masculinos y ajenos al quehacer femenino como el ficus del jardín de Belsarima. Y es que apropiarse de esos saberes dentro de un espacio indiscutiblemente femenino como es el doméstico tenía que resultar para ellas menos problemático que hacerlo en el espacio público de los hombres donde el riesgo de quedar mal paradas estaba siempre latente.

Talento femenino
De las veladas literarias de la calle de Urrutia surgió con fuerza inusitada un contingente de mujeres novelistas, ensayistas, periodistas, biógrafas, poetas y dramaturgas que llegó a invadir holgadamente el espacio público de las letras. Un contingente orgánico además, porque tenían proyectos comunes y priorizaban la relación que había entre ellas como amigas, como escritoras y como mujeres en un mundo dominado por hombres. Así, se apoyaban escribiéndose cartas, dedicándose cuentos y poemas, escuchándose en conferencias y sobre todo, escribiendo sobre ese mundo todavía desconocido y semioculto de mujeres donde primaría la mediación antes que la imposición, y la autoridad antes que el poder.

A diferencia de las sufragistas del norte, las ilustradas peruanas no reclamaron el derecho al voto, pero sí el de la educación y el del trabajo. Y lo consiguieron, más que por el instrumento legislativo, por la práctica continua de la relación entre ellas. Conscientes de que su condición de mujeres les otorgaba una identidad por encima de cualquier otra, no cejaron en su proyecto de elaborar una política femenina que construyera relaciones prioritarias entre las mujeres. El caso de Clorinda Matto es ilustrativo: para montar su editorial contrató, desde linotipistas hasta vendedoras, a puras mujeres.

Imposición viril
Sin embargo, y a pesar del evidente vigor de esta primera generación de escritoras que eclosionó en l a edad de oro de la Lima del XIX, pronto sobrevendría su temprana y violenta defunción. Fue después de la desastrosa guerra del 79 que surge desde la prensa la rabiosa consigna de escribir "virilmente" y no con la "meticulosidad de la mujer que parece que borda o cose con metáforas que se reducen a manipulaciones de abanico". Con esa vuelta de tuerca, la literatura como actividad pública regresa a la esfera masculina de donde había surgido, y las mujeres forjadas en la calle de Urrutia reciben escarnios y golpes tan violentos que literalmente terminan con ellas. A Mercedes Cabello la vuelven loca, a Clorinda Matto la acosan hasta forzarla al autoexilio, y a Juana Manuela no le queda sino regresar a la Argentina después de cuarenta felices años de residencia en Lima. Así, este promisorio árbol de genealogías femeninas queda cercenado en su mera raíz.

¡Todo es malo! Leer, escribir, tener amigas", continúa Belsarima en su diario. Y no es pura queja. A esta joven, queda habría debido heredar el patrimonio de las ilustradas, la castigan cada vez que la pescan leyendo novelas. Cuando pide permiso para escribir su diario, le dicen que se lo "darían siempre que le permitieran leerlo". Y su elección de amigas es continuamente censurada. Así pues, de aquellas tres prácticas --leer, escribir y tener amigas-- que llegaron a ejercer las mujeres de las veladas literarias, ninguna pareció sobrevivir a la vuelta del siglo. Porque una vez más, "leer, escribir y tener amigas" volvió a resultar tan sospechoso como ser un ficus en un colegio de niñas limeñas.

[*] Escritora e investigadora, autora de "El abanico y la cigarrera"

Literatura comprometida
En 1887 se publicó "Sacrificio y recompensa", novela de Mercedes Cabello que había ganado el concurso convocado por el Ateneo de Lima. Se trata probablemente de la primera novela peruana dedicada a explorar la condición femenina. "Aves sin nido" es la más célebre de las novelas de Clorinda Matto de Turner; en ella la reconocida escritora y periodista plantea una crítica al modo en que la sociedad de su época trataba a los indígenas.

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