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NIÑOS Y JÓVENES

Libros del capitán

Por Jorge Eslava

Historias de aprendizaje
El autor es un caso asombroso en la literatura peruana. Transitó en Lima por casonas de barrios residenciales, por callejones y barracas de baja estofa. Hombre culto y refinado, pero también hábil cajoneador en jaranas de rompe y raja. Periodista de profesión, coplero chispeante y extraordinario narrador. Fue, además, buen camarada, en especial de la gente humilde.

Desde luego que todo esto importa para la literatura. Porque sus relatos, de variados ambientes, reflejan una natural honestidad y perspicacia. Quien haya leído sus novelas "El Gaviota y Suzy" --obras fundacionales de nuestra literatura de aprendizaje--, acreditarán la calidad de su escritura. Ambos libros fueron publicados al filo de la década del treinta y revelan, con íntimo realismo, dos medios urbanos antagónicos: la alta burguesía y la clase popular. Lamentaremos siempre su muerte temprana, cuando solo tenía 45 años. Sus libros más importantes son la novela "Duque" y la colección de relatos "Estampas mulatas".

De este libro se ha tomado "El trompo", para la colección Cuentacosas. Perfecto, porque es la mejor expresión narrativa de Diez-Canseco y uno de los cuentos más hermosos de nuestras letras. En tres capítulos narra dos historias paralelas: la del padre del protagonista, que encierra traición y castigo, y la de "Chupitos", el protagonista, quien de vencedor habitual pierde su trompo en el juego. Las dos historias están unidas, en esencia, por el doloroso aprendizaje de ciertas normas de conducta.

Padre e hijo actúan de acuerdo a un código que no permite dobleces ni enmiendas. La rajadura del trompo, al final, equivale al comportamiento quebrado de la madre. Así, "¡ni de vainas!", dictamina el padre. Podrá argüirse, creo que con razón, un tono machista en la historia; pero el lenguaje desenfadado, la atmósfera melancólica y la pericia de la trama son indiscutibles. La última escena es de antología, con "Chupitos" alejándose de los amigos, resignado y sin palabras, apenas raspando la pared con el resto del clavo...

De regreso a Lima
Segunda entrega de la buena serie de libros para niños que ofrece el INC. La publicación es además un rescate, pues este cuento tuvo una circulación mínima. En la variedad de géneros que practicó el autor parecía faltar una obra para niños.

La historia narra el regreso del humilde gallinazo, después de muchos años, a una Lima moderna que se ha expandido y pauperizado. La "tres veces coronada villa" se ha convertido ahora en "Lima, la horrible" y a este escenario desciende el mal afamado pajarraco. Le sorprende un basural, donde algunas personas se confunden con los chanchos y los perros.

Conoce aquí a un niño, Bautista, quien le sirve de anfitrión para recorrer los alrededores. Aquella ciudad pequeña y serena que conserva el animal en su memoria, no existe más. En este viaje descubren, niño y gallinazo, la otra cara de la ciudad. En un jardín palaciego se produce una confrontación con un niño rico y se originan serios problemas.

El relato es enérgico, sin sutilezas ni alardes formales. Son evidentes los contactos con "Los gallinazos sin plumas" de Ribeyro y "Paco Yunque" de César Vallejo. Además de las reminiscencias con el bellísimo poemario "Vida de Ximena", del propio autor. Como queda claro, la historia subraya la posición ideológica de Salazar Bondy y sus propósitos doctrinarios.

"El Señor Gallinazo vuelve a Lima" apareció originalmente en 1961, en un contundente libro con grabados de Bernasconi. Lo cual me obliga a un apunte final: lo único de lamentar es el descuido de la serie de publicaciones para niños, cuyas ediciones presentan erratas y una diagramación inadecuada, muy enojosa para la lectura.

Lima y los palomillas
"Muchacho travieso y callejero" es la definición que nos da la academia de "palomilla" y era, en los años de mi infancia, una expresión bastante familiar. También se usaba en aquella institución formativa y solidaria que constituía el barrio, hoy en franca extinción. Siempre en tono cordial, incluso afectuoso. Más tarde el término ha devenido en un calificativo de malsana picardía, de achoramiento. Yo prefiero evocarlo en su acepción amable para referirme a algunos personajes infantiles que habitaron la ciudad capital, desde hace décadas el espacio más representativo de nuestro país.

Hemos consultado a nuestros narradores modernistas importantes -Manuel Beingolea, Clemente Palma y Ventura García Calderón- y salvo el inquietante cuento "Amor de niño" del escritor Luis Benjamín Cisneros, no hemos encontrado textos alusivos al tema. Este cuento narra la historia de Ricardo, un niño de siete años, de melancólico talante -"ojos azules y rostro pálido. Sus cabellos negros, crespos y lustrosos flotaban sobre sus sienes"- en cuyo desventurado destino agoniza un tardío romanticismo.

A mediados del siglo pasado, con los narradores de la generación del cincuenta tan preocupados por la construcción de espacios y el registro de una realidad con nuevos actores, hallamos dos relatos clásicos del género infantil: "Los gallinazos sin plumas", de Julio Ramón Ribeyro; y "El niño de junto al cielo", de Enrique Congrains Martín. El primero fue escrito, según declaraciones del autor, después de contemplar a unos chicos hurgando en la basura de las calles de una Lima que empieza a empobrecer y a castigar a la infancia, su población más vulnerable. Fue para Ribeyro una imagen insólita y desgarradora -ahora cotidiana-, que dio origen a la historia de dos niños que recogen desperdicios en los muladares limeños para alimentar a un cerdo, propiedad del abuelo, un hombre de mala entraña que los explota. En el cuento de Congrains, un niño provinciano llega a la capital y es engañado por un chiquillo avezado, echando por tierra sus ilusiones. Ambos cuentos nos muestran a Lima como un espacio de riesgo, de mínima esperanza: representada por Ribeyro como una bestial mandíbula insaciable y por Congrains como un monstruo de mil cabezas.

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