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ESPECIAL

Lima: la urbe que acorrala a sus vecinos

Arquitecto urbanista Wiley Ludeña. Una mirada crítica, pero constructiva, a una ciudad que hoy cumple 474 años de fundación española en medio del auge inmobiliario y la necesidad de áreas verdes.

Por Jorge Paredes

Se ha hablado tanto sobre Lima como ciudad en crisis, como ciudad caótica, que no sé si se animaría a empezar esta conversación con una imagen positiva de Lima. ¿Tiene la ciudad hoy algo de positivo?
Es una pregunta compleja porque, en efecto, todas las cosas tienen luces y sombras. Yo soy un poco pesimista respecto al futuro de Lima, creo que se está construyendo un infierno que tendrá consecuencias devastadoras para la calidad de vida de los ciudadanos. Esto viene a veces como espejismo, y hoy en día estamos fascinados con la cantidad de edificios nuevos que se construyen, y se cree que estos en sí mismos constituyen la modernidad, cuando muchas de estas edificaciones atomizadas, sueltas, desaprensivas con el contexto urbano, generan situaciones tan defectivas como en algunas calles de Miraflores, donde en vías estrechas se levantan edificios de quince o dieciséis pisos. Eso es inadmisible. Por otro lado, el ciudadano se siente cada vez más acorralado por una ciudad que privilegia el automóvil, y reduce las veredas y amplía las pistas. La proporción de áreas verdes en Lima es una de las más bajas de América Latina. El promedio es 8 metros cuadrados por habitante, pero aquí apenas es 1,2 y hay distritos donde ni siquiera existe un metro cuadrado de parques. Si a esto sumamos que ocho millones de personas se mueven en combis, simplemente Lima no funciona.

¿Este 'boom' inmobiliario no tendrá repercusión en el mejoramiento de la ciudad?
Este es uno de los típicos ciclos inmobiliarios que se han vivido en Lima. El primero sucedió después de la destrucción de la muralla de 1872 y quedó interrumpido por la guerra con Chile. Luego entre el siglo XIX e inicios del XX Lima se abrió hacia la periferia y aparecieron distritos como La Punta y Miraflores. Después, hubo otro momento importante durante el oncenio de Leguía, en que se concreta esta idea de ciudad periférica y de vivienda individual. Los otros ciclos se dan en los años cuarenta, cincuenta y sesenta hasta llegar al actual. Todos estos ciclos han estado promovidos por el sector privado y por un mercado con poca regulación que teóricamente promovía el empleo y la inversión. Lo diferente es que durante la república aristocrática, entre el XIX y el XX, había una idea de proyecto urbano, de ciudad compacta, donde los ricos vivían en departamentos como en París, Berlín, Madrid o Londres. Espacios de esa Lima decimonónica son la avenida La Colmena, el Paseo Colón, el eje de la avenida Alfonso Ugarte. Esto cambia con Leguía. Él desecha el modelo europeo y opta por el modelo estadounidense de ciudad dispersa, con vivienda individual. Con este modelo seguimos hasta hoy. Después de cada 'boom' inmobiliario quedó una Lima peor.

Pero Lima ha crecido con poca planificación, a partir de oleadas en busca de vivienda. Además, está en un valle casi seco, cuyo río no trae agua la mayor parte del año. Entonces estos modelos han sido más utopía que realidad.
Claro, pero el modelo formal dominante hasta hoy ha sido el de ciudad dispersa, con urbanizaciones en la periferia, y una suerte de expansión indeterminada y caótica. Ordenar la ciudad supone una operación compleja de consensos, donde todos los ciudadanos, inversionistas y políticos deben estar enhebrados por un concepto de ciudad con legitimidad social. Esto no se ha dado. Nosotros no pensamos en ciudad solo pensamos en construcción. La política urbana del país es una política de construcción de viviendas que no tiene ninguna noción de ciudad.

Cuando la mayoría de ciudades recupera sus espacios públicos, acá se privilegian las pistas. Parece que se quiere reducir las pocas áreas verdes que existen. ¿Cuál es el criterio de estas construcciones?
En Lima no se han realizado grandes inversiones desde hace treinta años, entonces cualquier pequeña intervención llena de luces, de una parafernalia estridente aparece como un signo de modernidad y de desarrollo. Todo el discurso que se ha montado alrededor del Parque de la Reserva es deleznable en ese sentido. Yo creo que el proyecto no considera una cosa fundamental, que el urbanismo y los jardines históricos tienen el mismo derecho de ser respetados en tanto son monumentos. Yo no estoy en contra de las fuentes ni del agua, sino en contra de una operación de transformación del parque que ha destruido la dimensión urbanística del barrio de Santa Beatriz. Pasa lo mismo con las grandes avenidas. ¿Tú te imaginas los Campos Elíseos en París convertidos en vía expresa? ¿O la Castellana en Madrid convertida en vía rápida? Eso es inadmisible. Solo aquí en Lima se ha permitido la destrucción dramática de toda esa ciudad neobarroca que finalmente era la mejor parte de la capital, todo el eje del Parque de la Reserva, el Parque de la Exposición y el Campo de Marte.

¿Ve alguna salida a esto?
Una de las grandes medidas es convertir el tema de la ciudad en objeto de discusión pública. Lo que aquí se llama Ministerio de Vivienda en Brasil se llama Ministerio de Urbanismo, lo mismo sucede en España o en Francia. No se trata de construir solo viviendas, sino de pensar en términos de ciudad. Las grandes decisiones de cambio no vienen de iluminados sino de decisiones colectivas. Yo me considero un pesimista constructivo porque tengo una visión constructiva de las cosas.

No me dijo lo positivo de Lima.
Lo positivo, creo, son estas iniciativas de discusión sobre la ciudad. Otro aspecto positivo es ver cómo la gente joven reclama sus espacios. Y finalmente la decisión de la Municipalidad de Lima frente al proyecto de la Costa Verde en el futuro. Es positivo pensar en un proceso de renaturalización de la Costa Verde en vez de un proceso de urbanización.

MANJARES LIMEÑOS
Culinaria
Los dulces más afamados salieron del cañaveral, se gestaron en el perol, se cocinaron con leña y se batieron con cuchara de palo. Fueron sus autoras las esclavas negras (...) Lima colaboró con el sango y el arroz con leche; la mazamorra morada y la mazamorra de cochino, el arroz zambito y el champús. Fuera del perol se hicieron el ranfañote de olla y el manjarblanco de paila; los pastelillos de yuca, el almibarado huevo chimbo y el moderno turrón de Doña Pepa, infaltable en los octubres capitalinos.

"¡Revolución caliente

pa' rechinar los dientes,

azúcar, clavo y canela,

pa' rechinar las muelas!".

Se han alejado también, con paso lento, quimboso, el bizcochero y el vendedor de sanguito, el primero con su tabla y el segundo con su fuente, portadas en la cabeza (...) De los que vivimos ninguno ha comido el sanguito de ñajú, salado a más de picante, pero todos hemos frecuentado la carapulcra, la sopa de mondongo, el tacu tacu, el concolón, el cau cau y los plátanos fritos. Las vivanderas han perpetuado sus fritangas y choncholíes, las mollejitas y los anticuchos. (...) En Lima se ha perdido la chicha de Terranova que --al menos por su nombre-- tendría que ver con Nigeria y Dahomey; no obstante se ha salvado la chicha morada, con azúcar y limón, canela y clavo, hecha con maíz oscuro, el maíz de los negros mazamorreros de Lima (...) las manos de unas mujeres negras siguen haciendo las viandas y dulces de la culinaria afroperuana, perpetuándolos, como diría un clérigo de olla: "para mayor gloria de Dios y de la cocina nuestra".

(Tomado José Antonio del Busto, "Culinaria", en: "Breve historia de los negros del Perú" (2001), del Fondo Editorial del Congreso del Perú)

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