ESPECIAL
Por Carlo Trivelli
En una sociedad tan variopinta como la nuestra, el costumbrismo es una tentación casi inevitable. No se trata de imponer un orden social que emule las castas españolas y su nomenclatura para cada mezcla de razas, pero sí de un intento de, al menos, dar cuenta de tanta diversidad. De Pancho Fierro en adelante, las miradas a la diversidad social son tema habitual de nuestros artistas plásticos. Aquí recogemos algunos ejemplos contemporáneos dignos de tenerse en cuenta.
A principios de los años noventa, en el peor momento de violencia terrorista, el fotógrafo Roberto Huarcaya se embarcó en un proyecto extraño. Eran momentos en que la realidad no podía ser más dura y que hacían que uno esperara precisamente eso, la cruda realidad, de un fotógrafo; como si la sordidez del momento invalidara cualquier impostación. Huarcaya, que también es psicólogo, tomó las cosas por el lado terapéutico. El retrato, inclusive el de personajes con una identidad social tan marcada como la de los vendedores ambulantes, era a fin de cuentas una cuestión de confianza. Por eso se llevó a sus personajes, con toda su parafernalia, a su estudio. Y ahí les enseñó cómo funcionaban las luces y las cámaras, los invitó a retratarlo a él y terminó conversando con ellos de sus vidas. Es por eso que todos salen sonrientes en las fotos: a pesar de la violencia, a pesar de los estigmas sociales, a pesar de las diferencias socioeconómicas, siempre hay lugar para construir confianza. "Ambulantes" fue, sin duda, el retrato de los noventa en que mejor salimos.
Una década después, Sergio Urday hizo más o menos lo contrario y obtuvo, paradójicamente, resultados similares. Sergio llevó el estudio a la calle y empezó a fotografiar a quien quisiera pararse frente a la cámara. Ya no era el fotógrafo el que seleccionaba a sus retratados, sino que eran ellos los que decidían. Y los retratos no quedaban en el fuero de una galería o una publicación, se exhibían en la calle, esa misma por donde, inadvertidos, los mismos sujetos habían encontrado, por casualidad, a Urday. La experiencia, realizada en Mesa Redonda luego de la catástrofe, también tuvo visos de sanación.
Basados en fotografías, pero realizados impecablemente a lápiz, los retratos de grupos realizados por Pablo Patrucco a mediados de esta década revelan otro aspecto de nuestra sociedad. Siguen siendo tipos sociales reconocibles en sus actitudes, vestimenta y escenarios habituales, pero lo que Patrucco parece enfatizar son las relaciones, las sutilezas en los espacios que separan a las personas, las modalidades del contacto físico y la cercanía. En todos los casos, sin embargo, estos trabajos resultan sutiles espejos en los que encontrar tipos sociales reconocibles y, por qué no, el lugar que nosotros mismos podríamos haber ocupado en el retrato.
CON CÉSAR GATICA
Por la Alameda de los Descalzos*
La tarde ha llegado justo a tiempo, tanto que podemos ver los tules de su falda de colores. Trepa las altas rejas y nosotros la seguimos, mientras César Gatica me dice que "Poesía elemental" es el primer manifiesto de su viajera pluma.
Seguimos del brazo con la tarde y le cuento que un poema de su libro puede amainar el frío que nos cubre. Recito con voz tonante "Imprecación estéril I" y la fuente y las estatuas de mármol se estremecen con nosotros de un pavor recién urgido ¿o es callada la saliva que los versos destilan?
César Gatica es tranquilo y amable su manera.
Al llegar al final de la alameda toma el libro y lee Mea culpa No es difícil adivinar la nostalgia que su canto le procura. Sobre el pasto un Mirlo desafía al temporal y no entiende el viento de las crujientes hojas.
Su poesía ha ganado la batalla.
Las horas se retiran chamuscadas por las escalas dulces de la noche. Volvemos las pupilas al convento donde frailes, lienzos y candiles escriben una historia que nació ayer y no acaba nunca. Igual que el poema que saboro donde canta Gatica sus querencias de paz y calma en toda mesa.
No renunciaré al vino ni a las ostras
A compartir los frutos de la pesca
A nuestro fuego, la oscura yesca
Al crepitar sin ritmo de las chispas
Aquel tapete de hojarasca
Tu cuerpo laxo
Así es el amador de Santiago. Se llama César, pero mejor le queda Hermano y de apellido Amigo, tal como lo sabe Corcuera (si llueve tanto que se quiere en arca) desde su tibio Chaclacayo, Arturo tan genuino y consecuente.
Mañana volveremos a encontrarnos, aunque esta vez será el Refectorio Franciscano y no un paseo volandero el que nos dé la mano y la comida.
* Alberto Valcárcel