Por Jaime Cordero
"No le importa el dinero. Es un chico estupendo", dijo el multimillonario Silvio Berlusconi y sacó a los hinchas del AC Milan un suspiro de alivio. Kaká se queda con ellos y con su magro sueldo neto de 11,7 millones de dólares al año. Horas después, el Manchester City confirmó que las negociaciones para contratar al brasileño pagando 100 millones de euros (alrededor de 125 millones de dólares), más un sueldo anual de 16,5 millones neto para el jugador, se habían ido al tacho. Esos jeques árabes no sabían con quién se habían metido.
Los 'tifosi', que ya lo tenían en un altar, ahora quieren canonizarlo de verdad; los dueños y presidentes de los grandes clubes, también, pero por otras razones. Todos estaban asustados con el alarde de billetera grande que estaba haciendo Mansour bin Zayed al Nahyad. Pero si lo que quería era romper el mercado, se equivocó de hombre: debió hacerle la oferta a Beckham, a Cristiano Ronaldo, a cualquier otro. Kaká, atleta de Cristo, virgen hasta el matrimonio por confesión propia y a mucha honra, marcó el celular de Dios y seguro que contestó Berlusconi fingiendo la voz. Decidió quedarse. Decidió que su corazón quería quedarse en Milán a esperar --dicen Beckham y otras malas lenguas-- el llamado del Real Madrid.
"Estamos contentos de tener en el equipo no solo a una estrella mundial, sino a un gran hombre", cerró Berlusconi. Lo curioso es que a él sí le interesa el dinero. Si no fuera así, no tendría tanto.