PUNTO DE VISTA
Por Carlos Fuentes. Escritor
Terrible herencia le deja George Bush a su sucesor, Barack Obama. He listado este pesado testamento en mi libro "Contra Bush" a partir de la Convenci ón Republicana de agosto del 2000 y me detuve, exhausto e incrédulo, el 12 de mayo del 2004, día en que fueron reveladas las imágenes de la tortura en el campo de Abu Ghraib.
En medio y ahora, la reseña de la administración Bush-Cheney incluiría una fatal política de rebaja de impuestos y aumento de gastos militares, fórmula ideal para pasar del superávit fiscal de Bill Clinton al déficit de George Bush. Causa añadida a la filosofía general de darle latitud y falta de regulación al mercado, desembocando en la crisis actual y la revelación de la irresponsabilidad de instituciones de crédito y la criminalidad de individuos que montaron abusos y engaños sobre la ausencia de reglas y la ingenuidad del público.
Bush desvió enormes sumas para librar una guerra innecesaria contra Iraq, alegando la presencia de armas de destrucción masiva que jamás se encontraron, pasando por alto las serias advertencias del inspector de la ONU, Hans Blix.
La ironía se transforma en burla cuando Bush reconoce que se equivocó acerca de las armas en Iraq. Terrible error que ha costado miles y miles de vidas de soldados norteamericanos, luchadores y civiles iraquíes y un desplome de la autoridad moral de EE.UU. en la torturadora cárcel de Abu Ghraib, que encontró su ergástula hermana en la prisión de Guantánamo. Todo ello justificado por Bush y su vergonzoso achichincle, el procurador Alberto González, en nombre de lo mismo que violaban: la seguridad de EE.UU.
La ausencia de un criterio histórico y cultural en la Casa Blanca de Bush-Cheney desnuda, en cambio, los intereses económicos de Cheney y la empresa petrolera Halliburton y los de Bush, más allá del petropoder, en una visión imperial de EE.UU. Resulta grotesco, hoy, citar a Bush --"Los EE.UU. son el único ejemplo sobreviviente del progreso humano"-- o a Condoleezza Rice --"la comunidad internacional es una ilusión"-- cuando un fugaz unilateralismo norteamericano debió, ya, avizorar la emergencia de un mundo multilateralista --China, Rusia, India, Brasil, la propia comunidad europea despreciada por el secretario de defensa Donald Rumsfeld como una antigualla--. Desprecio y distorsión del mundo, irresponsabilidad interna (Katrina), orgullo imperial sin bases reales: ¿"misión cumplida"?
Bush llegó a la Casa Blanca, la primera vez, a pesar del voto popular favorable a Al Gore y gracias a un solitario voto en la Suprema Corte a donde fue a dar el proceso, y la segunda vez, gracias a una hábil y aterradora fórmula de Karl Rove: religión y miedo. La elección de Barack Obama es una victoria contra el pasado que aquí evoco. El desastre final del gobierno Bush-Cheney se volvió evidente. Pero más allá del desengaño, entró a votar una nueva generación de 18 años para arriba, no solo ausente de los comicios anteriores sino presente en los actuales como parte de una constante admirable de la política norteamericana: a pesar de los errores, a pesar de los engaños, la continuidad constitucional del país y su base democrática no logran ser destruidos.
¿Qué hará Barack Obama?
Reviso, con una mezcla de entusiasmo y pavor, la agenda que Obama enumera en una larga entrevista, el 5 de enero del 2009, con la revista "Time". Si cuento correctamente, allí Obama se propone 14 metas. La recuperación de la economía. La creación de reglas financieras para impedir que se repita la crisis. La creación de empleos. La reducción del costo de la salud y la expansión de la protección sanitaria. El cambio hacia una nueva política energética. La revitalización de la educación pública.
Y, en política exterior, el cierre de Guantánamo. El fin de la tortura. El equilibrio entre la seguridad y la ley. El fortalecimiento de alianzas. Retirar la fuerza armada de Iraq. Fortalecer la política hacia Afganistán. Ocuparse del cambio climático. Vigorizar las instituciones internacionales.
Como obvio contraste, Obama promete un gobierno que no esté motivado por la ideología. Pero también un gobierno competente y por ello, 'accountable', obligado a rendir cuentas y a admitir y corregir errores.
Todo lo dicho no absuelve a Obama de una obligación, que es la de recuperar la fuerza moral perdida de EE.UU., apelando a lo mejor del país: la tradición democrática y el capital humano para superar la peor crisis desde la depresión de 1932.
En esto, le deseamos suerte y le decimos: Bienvenido, señor Obama.