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HABLE CON ELLA

El corredor de larga distancia

Por Marcela Robles

¿Y qué piensas hacer después con tu vida? Le pregunto al joven de 17 años que se sienta a mi lado en el avión, de regreso a Lima. Con la sencillez de un arbusto en medio del desierto, el deportista que acaba de participar en un torneo con su equipo me responde: "¿Después? No sé. Ser un hombre". Lo dice en inglés, "Be a Man".

Amo el español, pero reconozco en el inglés un poder de síntesis poco común que quiere decir lo mismo pero que no es igual. No dijo: "Become a Man" (llegar a ser un hombre). Lo cual hace toda la diferencia.

Me siento hipnotizada por sus "planes" que lo resumen todo, y se arremolina en mí lo que genera toda buena respuesta: una pregunta que me remece con la violencia del Katrina: ¿Soy ya una mujer? Ha pasado largo tiempo desde que Simone de Beauvoir sentenciara: "No se nace mujer, se llega a serlo". ¿Pero cuándo, cómo, qué signos lo indican?

No hay respuestas, ni recetas, ni jarabes para las fiebres que acompañan el proceso, ni pócimas para el dolor que esto causa, o para aceptar la alegría que uno se empeña en desterrar sin disfrutar de lo mucho que tenemos y añorar lo poco que nos falta. Contemplo la belleza del universo y constato que el crecimiento, bueno o malo, sigue implacable su curso, y que el mundo es un "work in progress", una obra en construcción, en constante evolución. Aunque eso nos lleve a nuestra propia destrucción.

Vuelvo al joven deportista a mi lado que me recuerda al personaje de la fascinante película "La soledad del corredor de fondo" (Gran Bretaña, 1962), que dirigió Tony Richardson, basada en la novela homónima de Alan Sillitoe. En su debut en la pantalla, Tom Courtenay ofreció una de las mejores interpretaciones de su carrera, como un muchacho confinado a un reformatorio juvenil que corre en maratones organizadas por la dirigencia del reformatorio. Durante sus solitarias carreras sueña con su vida anterior al encarcelamiento, y el desenlace lo enfrentará a una difícil elección: ser él mismo, o complacer al establishment.

Ese podría ser uno de los arbitrajes para tratar de "ser", y dejar que la acción justa fluya a través de uno, aunque nunca nos convertiremos en una "obra terminada". Quizás, lo que uno está esforzándose por ser ya se es por naturaleza.

La obra de Dios no se terminó en siete días. Comenzó. Somos seres inacabados, como un lego que alguien no alcanza a armar por falta de pericia, serenidad, inteligencia, creatividad, en el intento de alcanzar la realización del mito personal. Por eso resulta tan chusca la famosa frase de Jerry Maguire: "You complete me" (tú me completas). Y por si fuera poco, tratando de lidiar con este planeta acoderado en el horizonte, perdidos en los extramuros del mundo que habitamos.

Entre la historia mal contada que hemos heredado, tergiversada, con agujeros negros, leyendas, dragones, y naturalmente los malos y corruptos de la película, nuestra misión es contar bien la historia y no traicionarla. No nos empeñemos en victorias pírricas mientras sigamos en la soledad del corredor de larga distancia. A menos que decidamos abandonar la carrera.

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