Por Carlos Novoa Shuña
Cuando mis jefes en la redacción me propusieron viajar al Medio Oriente para cubrir el conflicto en Gaza, no dudé ni un segundo en aceptar. No pensé en la reunión de fin de año, en la playa o en el peligro de ir a una zona conflictiva. Como periodista tenía una gran oportunidad que no podía desaprovechar. Casi tres años antes había estado en Israel y en los territorios palestinos y hace más de 13 años que estudio y escribo sobre el conflicto. A veces, a la distancia desde Lima, me preguntaba qué hacía en el Perú si la información estaba en el Medio Oriente.
La primera de las ironías de esta cobertura era la hora de partida desde Lima. El boleto indicaba 11:59 p.m. del 31 de diciembre. Ese día, mientras mis compañeros del Diario se alistaban para despedir el año, yo ultimaba detalles administrativos y técnicos sobre la aventura que me aprestaba a emprender.
Tras un largo viaje de más de 24 horas con escala en Nueva York, la mañana del 2 de enero llegaba al aeropuerto Ben Gurion, de Tel Aviv. Recuerdo a un periodista anglosajón preguntando en la fila de Migraciones: '¿Dónde está la guerra?'. Sin duda, hacía referencia al ambiente de normalidad que se vivía en el terminal aéreo.
No me sorprendía ver la cantidad de soldados en las calles. No patrullando, sino yendo y viniendo hacia sus casas o cuarteles. Todos muy jóvenes, entre 18 y 23 años, blancos, negros, orientales y hasta latinos. Todos con sus fusiles en el hombro, conversando, sonriendo, como parte del natural panorama de Jerusalén. En Israel los soldados van a sus casas con el fusil, por si tienen que estar alertas para un conflicto de último momento.
Dos horas después, instalado en un hotel al lado de la estación de ómnibus de Jerusalén, empezaba a correr hacia el centro de acreditación de periodistas, pero ya eran casi las tres de la tarde y no había atención porque el descanso judío estaba por iniciarse. En Israel, el sabbat es la jornada de descanso en la que se agradece a Dios. Es el domingo en occidente.
Empieza cuando aparece la primera estrella, dependiendo del clima, entre las 3 o 5 de la tarde. Desde ese momento, como por arte de magia, la agitada vida jerosolimitano, se convierte simplemente en nada. No hay un comercio abierto, no hay ómnibus públicos, ni restaurantes. Los judíos deben consagrar su vida al descanso y a Dios. Entonces, se reúnen en familia para una gran cena preparada de antemano. Los ascensores de los edificios están programados para que se detengan en cada piso porque no se pueden tocar los botones.
Obviamente, quienes siguen estos preceptos son los judíos más conservadores, o si se quiere, practicantes. Otros aprovechan el día para salir con la familia fuera de la ciudad. Los árabes de Jerusalén son los únicos que le dan vida a esta ciudad durante el sabbat, que termina el sábado cuando se pone el sol y empieza la noche.
Las restricciones habían empezado para los periodistas. Todos queríamos ir a Gaza, pero el Gobierno Israelí --que controla absolutamente todos los ingresos a Palestina, ya sea en Gaza o Cisjordania-- cerró los accesos, argumentando "razones de seguridad". Aquel primer viernes fui a la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde los árabes, israelíes y palestinos protestaron fuertemente y fueron reprimidos por la policía. Ya tenía material para mi primer envío periodístico.
El domingo, día laborable en Israel, con mi acreditación en mano, emprendí viaje hacia la frontera entre Israel y Gaza. La idea era acercarme lo más posible hacia la cerrada y acosada franja. Visité el kibutz Ziqim, ubicado a un kilómetro de Gaza. El argentino Néstor Fedchteyn era uno de los dirigentes del kibutz y había sido uno de mis anfitriones en un curso en mi primer viaje a Israel.
Los habitantes del kibutz --una suerte de gran hacienda en la que se vive bajo el sistema cooperativo y todos trabajan para todos-- vivían diariamente acosados por los cohetes Qassam que Hamas lanzaba desde Gaza. Apenas llegué a Ziqim y estaba saludando a Néstor, me gritó que corriéramos al refugio. "Tzeva adon" (color rojo) es el grito que se escucha y luego suena la alarma que anuncia el peligro. Sabemos que viene un cohete, pero no sabemos dónde caerá. Para nosotros, esta vez, por fortuna el proyectil pasó por encima en su camino a Ashkelon.
Tras recorrer otros 20 kilómetros, llegamos a la "tribuna de guerra", en las afueras la castigada ciudad de Sderot, el punto hasta el que Israel permitía llegar a los periodistas de todo el mundo que acudimos al lugar. Se trata de una colina en medio de un descampado, donde se improvisó un mirador desde el que se veía toda la franja de Gaza.
En todo ese camino desde el kibutz Ziqim hasta Sderot, helicópteros Apache sobrevolaban junto con aviones de combate. He oído cómo sonaban los disparos y visto lentamente una luz rojiamarilla que empezaba a desplazarse inexorablemente sobre algún punto de la franja de Gaza. Minutos después, una columna de humo se elevaba por los aires con el fondo del mudo testigo del Mar Mediterráneo. Eso ocurría todos los días a toda hora.
En ese instante, me preguntaba cuánta gente estaría gritando asustada, aferrándose a los últimos segundos de una vida que se escapa. Cuántos muertos, cuántos huérfanos o lisiados quedarían tras este horror.
Al tener prohibido el ingreso a Gaza, buscamos fuentes dentro de la franja. Conseguimos los teléfonos de varios residentes en la franja. Hablé con al menos una docena, pero me quedo con tres a los que llamaba constantemente: Alberto Arce, un cooperante español; Nirmeen Kharman, esposa de un psiquiatra palestino; y Halima Velasco, una palestino-española con quien quedamos en encontrarnos en el cruce de Erez (una de las puertas de acceso a Gaza), durante una evacuación de extranjeros.
Halima nunca llegó. Yo veía cómo decenas de personas salían de Gaza y ella y su familia no estaban. Por la noche hablamos por teléfono y me contó llena de frustración que por una descoordinación con el Consulado Español en Israel, no pudo salir. Después, su teléfono no contestó más y nunca supe cuál fue su suerte.
En ciudades del sur de Israel, como Ashkelon o Beersheva, pude conocer a varios peruanos, quienes me contaban sus historias, sus sueños en Israel, pero también las crudas realidades de vivir bajo la amenaza de los Qassam y misiles que venían desde Gaza. En varias ocasiones tuve que correr con ellos a los refugios, ver sus caras de angustia por aferrarse a la vida y esperar, en una suerte de ruleta de suerte, el momento mismo de la explosión, a ver si caían cerca o lejos. Nisso Cordovi y su familia o John Guerra en Ashkelon. Así como esa treintena de peruanos de Beersheva que acudieron a una visita itinerante del encargado de Negocios en Israel, Gonzalo Voto Bernales, quien mostró preocupación por la situación de los compatriotas.
La vida de estos peruanos allá, tan lejos del país y con costumbres diferentes, me conmovía. La gran mayoría fue a Israel aprovechando su condición de judío o descendiente de judíos. Pero, en el fondo, eran migrantes que buscaban alguna oportunidad de mejorar su vida en un país en el que creían. Tal vez por ello noté en algunos rostros la incertidumbre y fragilidad de vivir en medio de un conflicto.
Ya que tenía prohibido ir a Gaza y quería ver cómo viven los palestinos, fui a Cisjordania.
En Belén y sus suburbios de Beit Jala y Beit Sahur encontré a varios compatriotas. El tiempo pasa de otra manera en Palestina. La gente está condenada a repetir sus días encerrados en su propia ciudad. Los peruanos no son la excepción y aunque algunos han podido salir, vía Jordania, soportando meses de trámites ante autoridades israelíes, siempre vuelven a sus tierras.
Ramala, la ciudad más grande de Cisjordania y sede de gobierno de la Autoridad Palestina, tiene un dinámico movimiento comercial. Durante los días de los ataques, era escenario de cotidianas marchas de protestas contra los bombardeos en Gaza.
En Nablus, una de las ciudades cuna de las intifadas, acompañé a un equipo de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos (Unrwa) para ver cómo cumplían su labor de apoyo en los campos de refugiados. Estuve en el campo de Balata, cuyas paredes estaban llenas de afiches de jóvenes llamados mártires en Palestina, terroristas en Israel, quienes se habían suicidado haciéndose explotar.
Cada vez que debía regresar a territorio israelí, mi pasaporte era mi ingreso a la civilización, pero la gente se quedaba a vivir su cruda realidad. Efectos de un conflicto que me ha enseñado la verdadera dimensión de la vida.