ENTREVISTA. RAY LORIGA
Por Enrique Planas
Hace 20 años lo creían un maldito. Un escritor que destilaba puro alcohol, drogas y rock and roll. Pero ha pasado el tiempo y Ray Loriga (Madrid, 1967), uno de los autores españoles más influyentes hace tiempo que está de regreso. Queda aún mucho ácido en sus páginas, pero también grandes cuotas de ternura. Ya circula su última novela "Ya solo habla de amor", y en su espectacular lanzamiento la editorial Alfaguara aprovechó para reeditar también buena parte de la obra de este escritor y cineasta, que acumula siete novelas, dos relatos, cinco guiones y un cuento infantil a sus espaldas.
Quien triunfara con tan solo 25 años con su primer libro, "Lo peor de todo", habla al otro lado de la línea telefónica con pausa, lucidez y buen humor. Me comenta que su nuevo libro "es un CSI del amor, un estudio forense de los sentimientos. Es la historia de un hombre en una sala de baile que no se atreve a dar un solo paso porque no ha entendido los pasos que ha dado antes en el amor, un tema muy malversado y poco analizado", advierte.
Acaba de ponerse la camiseta Alfaguara. ¿Se siente cómodo ingresar al canon literario y abandonar el status del 'outsider'?
Teniendo en cuenta que venía de Planeta, no podría llamarlo un salto desde la rebeldía. Nunca me he considerado un 'outsider'. Una vez que tienes lectores y atención suficiente y novelas traducidas a 20 idiomas, considerarse como tal sería ridículo. Y ello por respeto a los 'outsiders' de verdad. Hay gente que escribe cosas maravillosas que no han salido nunca de la República Checa. Presumir de 'outsider' en el escaparate global sería como ponerse una medalla que no te corresponde.
Su madre, la actriz Mari Luz Torrenova, trabajó muchos años en el doblaje de películas. ¿Qué tan raro resulta ir al cine y reconocer la voz materna?
Mi madre, de hecho, dobló la versión española de "Lo que el viento se llevó", era el ama de llaves negra de Scarlett O'Hara (Vivien Leigh). Decía: "¡Señorita Escarlata, señorita Escarlata!" (Ríe). Cosa que me encanta. No cambiaría a esa negra por ninguna Escarlata O'Hara.
¿Esa curiosa condición hizo que se relacionara con el cine de una forma más íntima?
Veo el cine de dos maneras. Por un lado, desde la mentira, sabiendo que las cosas se doblan, se fingen, y se perturban de alguna manera. Y, por otro, para descubrir la verdad, que no es otra cosa que el resultado del engaño.
Debutó con "Lo peor de todo", novela que lo catapultó en España como el rostro de la llamada "Generación X". ¿Se considera víctima del éxito temprano?
No he sido víctima de nada en mi vida. En cambio, tuve la suerte de publicar joven, de conocer el éxito joven y de no haberlo abandonado del todo hasta el día de hoy, pasados ya 20 años. Situarme como víctima sería ridículo. Lo de la "Generación X" a mí me vino como tarde, porque cuando Douglas Coupland publica "Generación X", el libro que daría nombre a esa generación, yo ya llevaba dos libros publicados. Fue una cosa que no me afectó directamente, pero que se hizo grande a mi pesar. Y luego desapareció con todas mis bendiciones.
La crítica lo ubicó mal, en un mismo paquete al lado de escritores hoy olvidados como José Ángel Mañas... ¿Se sentía cómodo con esas etiquetas de moda?
Honestamente, lo suficientemente cómodo, publicado y pagado. Todo lo demás es una especie de problema cosmético, que no afecta tanto tu vida. Lo que sí afectaría tu vida es que ningún editor te publique; eso sí afecta. Que te malinterpreten no es un problema. Mientras lleguen los cheques...
¿Cree que lo de "Generación X" fue un invento editorial?
Hay que acabar con esa idea de que hay detrás de todo un malvado de película de James Bond, que acaricia un gato y busca dominar el mundo. Los medios muestran un interés por las cosas, a veces mejor orientado, a veces peor. Lo que hace la prensa es situar coordenadas. Estas pueden ser más o menos exactas. En verdad, no me siento damnificado por esa historia.
Alguna vez dijo que un libro como "Héroes" tenía el espíritu de un disco sin música. Tanto que incluso utilizó su fotografía como portada...
La verdad es que no fue idea mía, fue idea de mi editor. Yo tenía otra portada elegida que, por razones de derechos de autor, no salió. Una vez que el editor me la propuso, pensé que, en verdad, si Bob Dylan puede prestar su cara para la portada de un disco, yo que no soy mejor escritor que él, también podía hacerlo. Y solo para ese libro en concreto, porque lo escribí como una colección de canciones sin música. Tenía cierto sentido; una jugada pop de escribir un libro que fuera un montón de canciones en el fondo.
El ritmo 'rocanrolero' de sus primeros libros ha dado paso con el tiempo a un tono mucho más calmo y reflexivo. ¿Es una decisión consciente?
Todo lo que uno escribe es consciente, o me gustaría pensar que lo es en cierta medida. Cuando tuve la suerte de publicar a los 20 años, sabía que no sería un escritor de 20 años para toda la vida. Igual que a esa edad no trataba de ser un escritor de 40 años, a los 40 no trato de aparentar tener 20.
Vivir en Nueva York fue una experiencia que marcó visiblemente su literatura. ¿Extraña vivir en EE.UU. ahora que se vive la efervescencia por la presidencia de Obama?
No, porque ya la viví antes. Siempre supe que América guardaba un Obama. No me sorprende. América guardaba un Obama que, a veces, había caído por tres votos mal contados en Florida. América no es un monstruo, o, por lo menos, no es un monstruo muy diferente al que somos los demás. Sí que me ha alegrado ver a Obama llegar a la presidencia.
¿Iberoamérica tiene una imagen distorsionada de EE.UU.?
Sí, demonizada. He viajado mucho por América, la conozco bien. A veces, nos olvidamos de que es la primera democracia real en Occidente. La de los griegos era la democracia con falda, era otra cosa. Estados Unidos es la primera democracia con pantalones. Creo que hemos demonizado a América como se hace con todos los imperios, mitad con razón y mitad sin ella.
LA MIRADA DEL CINEASTA
La otra pasión de Loriga es, cómo no, la producción de cine. Debutó como director en 1997 con "La pistola del hermano", tras adaptar su propia novela "Caídos del cielo", convocando para el filme a quien fuera su esposa, la cantante Christina Rosenvinge, y los actores Daniel González, Viggo Mortensen y Karra Elejalde. Como guionista, destaca su colaboración en el guion de "Carne trémula" (1997), película de Pedro Almodóvar, y "El séptimo día" (2004) de Carlos Saura.
En el 2006 rodó "Teresa, el cuerpo de Cristo", personal visión sobre la vida de Teresa de Jesús, santo papel interpretado por Paz Vega, acompañada por Leonor Watling y Geraldine Chaplin. "Me fue muy bien con "Teresa...", buenas críticas, dinero suficiente. He salido vivo, y con una oferta para una película siguiente", comenta.
Es la tercera vez que le escucho hablar de que algo está bien porque le rindió buen dinero. ¿Cuánto pesa lo pecuniario en sus decisiones de autor?
No tengo la afición de Scott Fitzgerald de ir a Hollywood mirando a los demás sobre el hombro, pensando que era un oficio solo para ganar dinero. Yo me lo tomo muy en serio, aprecio al equipo que trabaja conmigo por el sacrificio y la labor. Cuando hablo de lo crematístico, como tú dices, es porque soy un señor como cualquier otro que tiene un negocio. Un negocio que es parte de mi vida. No hay nada bochornoso en ello.
Ha mostrado una enorme versatilidad para trabajar con directores como Saura y Almodóvar. ¿Qué hay en común entre ellos?
Puedo trabajar con cualquiera que tenga inteligencia y talento. Me gusta servir de herramienta a uno y otro. Además ser guionista es un descanso total de la autoría. Ya no se trata de poner la cara y escribir un libro. Es un descanso, pues solo se ponen el amor y el oficio. Que la cara sea la de Saura o la de Almodóvar solo dice algo de mi suerte de haber trabajado con directores de ese tamaño. El oficio del guionista es más cómodo que el del director. No tienes que soportar la parte tan pesada de la promoción ni la proyección pública. El guionista es como el que escribe la receta, pero no tiene que preparar la comida.
RECOMENDADOS
Lo peor de todo (1992)
Su primera novela. Por entonces, el autor contaba con 25 años y se puede considerar como una obra particularmente autobiográfica. En esta novela corta aparecen ya las constantes del escritor: un narrador en primera persona y la crónica de un mundo hostil, siempre opresor.
Héroes (1994)
Un chico cansado de que las noches se sucedan sin sentido decide encerrarse con sus recuerdos y sus canciones en una habitación. Con la foto del autor en la tapa del libro a manera de portada de disco, su segunda novela resulta más dura, lírica y maldita. En ella se respira puro alcohol, drogas y rock and roll. Un libro de época.
Tokio ya no nos quiere (1999)
Considerada por muchos como su mejor novela, en ella Loriga mezcla ciencia-ficción y libro de viajes. Nuevamente aparece aquel solitario narrador en primera persona que recuerda a la chica rubia que le espera en algún lugar. Recuerdos y memorias que aparecen y desaparecen al ritmo del consumo de drogas del protagonista.
Ya solo habla de amor (2008)
En su última novela, Loriga nos ofrece un monólogo interior en tercera persona, que cuenta la historia de Sebastián, un cuarentón recién divorciado que se niega a moverse en ninguna dirección, y las razones que lo han llevado hasta ahí. La razón de no dar un paso es el amor. Una oportunidad para reflexionar fríamente sobre al amor perdido.