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Lecompte: 'Esperaba un fuerte abrazo de Ingrid'

7:45 | Para todos fue evidente la frialdad con que Ingrid Betancourt recibió a su esposo apenas llegó a Bogotá tras su rescate. Ahora, mientras ella está en París, él sigue en Bogotá

Por María Isabel Rueda

Espero que esta entrevista lo libere de todas las conjeturas acerca de su relación con su esposa Ingrid después de su rescate. ¿Es cierto que lo bajaron del avión que la condujo a Francia?

Eso no es verdad. La determinación de que yo no iba a acompañarla a Francia la tomamos los dos en conjunto. Ella me había contado que quería estar con sus hijos, porque siente cierta culpabilidad de no haberlos visto crecer.

¿Culpabilidad por la forma como prácticamente se les entregó a las FARC?
No. Ella no siente culpabilidad por eso, porque una de sus primeras declaraciones fue que si pudiera volverlo a hacer, lo haría.

Pero en una declaración posterior corrigió, al admitir que con ello había sometido a su familia a un padecimiento muy grande...
Por eso. Lo repetiría si no fuera mamá ni hija ni esposa. Yo la conozco bien, y sabía que me iba a pedir un tiempo sola con sus hijos. Yo le respondí que interiormente me había preparado para eso durante todos estos años. Ella ha sufrido mucho, y ahora que está libre no se merece ninguna molestia y estuve perfectamente de acuerdo.

Usted, que fue muy activo estos seis años en la liberación de Ingrid, se encontró con diferencias que surgieron con Yolanda (la madre de Ingrid) y con Astrid (la hermana). ¿En qué consistieron?
Cada cual tiene sus métodos. Yo hice y dejé cosas que a la familia no le gustaban. Por ejemplo, lanzar las fotos de los niños (de Ingrid) desde el avión. Ella no recibió ninguna, pero cuando llegamos a la casa de mi suegra, le mostré fotos actuales de ellos antes de que los viera al otro día. Se emocionó muchísimo.

¿Sintió que lo maltrataron por esas diferencias en los primeros momentos del reencuentro con Ingrid?
Sí, ese día me maltrataron, pero me maltrataron más durante el secuestro. Y viéndolo bien, nunca tuve una buena relación ni con la mamá ni con la hermana. Durante el secuestro se armaron dos bandos en los últimos años: Yolanda y Astrid, y el otro, Fabrice (el ex esposo de Ingrid), los niños y yo.

¿Cómo soñó el encuentro?
Me siento muy feliz con su liberación. Pero debo admitir que yo esperaba otra cosa. Esperaba un fuerte abrazo, nada de besos ni nada de eso porque estábamos en público.

¿Y no hubo un fuerte abrazo?
No hubo un fuerte abrazo. Ahí me puse a un lado, con mucha dignidad. Jamás en la vida pública de Ingrid he sido protagonista. Mi papel siempre ha sido ayudarla, asesorarla, pero no en figurar a su lado. Hacía la tarea como publicista, luego me sentaba con ella y le mostraba lo que había hecho. Y aunque me 'friquió' (sorprendió) el impacto inicial, que el abrazo no era el que esperaba, estar ahí a un ladito no me humilló para nada.

Su único papel ahí fue cargarle la mochila...
Ella llevaba al hombro una mochila que se veía que le pesaba mucho, yo se la quité y la cargué todo el tiempo. Esa noche me dijo que me había traído un regalo, y del bolso sacó esta manilla que estaba metida entre una cantidad de plásticos. Ella misma me la puso.

¿Qué fue lo primero que se dijeron?
Yo tuve la oportunidad de hablar con ella por teléfono cuando estaba despegando de Tolemaida. Me dijo: "¡Por fin estoy libre, por fin se acabó esta pesadilla!". Mi sueño era un abrazo de tres o cuatro minutos. En la casa sí se lo di así de largo.

¿Alcanzó a tener en mente que cuando ella recuperara la libertad, podía suceder lo que pasó?
Sí. Pero el episodio del aeropuerto lo he tomado con beneficio de inventario. Ingrid, dos horas antes de su rescate, estaba amarrada a un palo. Excepto por su mamá y sus hijos, no se le puede pedir mucha claridad a sus sentimientos, porque ella debió llegar sumida en una nebulosa. En una gran confusión. Yo sí tenía la esperanza de que este fuera el año de su liberación por las otras que hubo. Pero calculé que sería por ahí en noviembre, diciembre. Ese era el mensaje que yo le enviaba a través del programa las "Voces del secuestro".

¿Usted le mandaba muchos mensajes?
No tantos como hubiera debido. Pero tengo mi conciencia tranquila, hice lo que yo pude hacer. Por ejemplo, fue idea mía la toma de la catedral por parte de los familiares de los secuestrados, la lanzada de las fotos de los niños, las seis foto-vallas de tamaño natural que mandé a París, a Bruselas, a Madrid... De pronto sí me faltó mandar mensajes más frecuentes, como lo hacía la mamá todos los días.

¿Considera injusto que se diga que a Ingrid la estaban esperando no uno sino dos maridos?
Uno es el papá de los hijos.

Al cual siempre se ha referido en términos muy cariñosos...
Sí, porque ellos tienen una relación como de hermanos. Ingrid me lo ha dicho toda la vida, y hacía mucho esfuerzo para que yo fuera amigo de Fabrice. Al principio fui un poco renuente, tal vez por celos, pero nos hicimos amigos después del secuestro. No hay que confundir amor con civilización. Fabrice es bacán. Pero por ahora el marido soy yo.

¿Siente alguna amargura por los comentarios que se hacen de su relación con Ingrid? Que si lo abrazó, que si no, que si lo besó, que si no, que si lo miró, que si no...
Ver a Ingrid feliz al lado de sus hijos es mi felicidad. Claro que hubiera preferido que hubiera sido un poco más cariñosa conmigo, no tan fría, pero es que un secuestro es una cosa muy complicada y uno no puede calcular el amor de esa manera. Además, quién sabe qué cosas oyó o le contaron de mí en su secuestro, como una supuesta relación que tuve con una mexicana.

¿Usted salía con una mexicana?
Fue un chisme que me inventaron. Y también me inventaron algo con una prima de ella. Chismes hay los que usted quiera. Y ella allá en la selva debió enterarse. Hasta donde yo oí, la mamá, que era su cordón umbilical, nunca me mencionó. Pero me han contado que a veces le decía a Ingrid que yo la había desilusionado, defraudado.

Usted también estuvo secuestrado todos estos años. ¿Fue una vida en interinidad?
Sí. Es que yo entré a formar parte y a trabajar casi a tiempo completo en una empresa que se llama "Familiares de Secuestrados", donde uno ejerce una labor muy ingrata y desagradecida. Se vuelve el leproso de las fiestas. Esa empresa cerró, se quebró, y yo me quedé sin empleo. Pero tengo una vida, tengo que trabajar, que producir. Yo cumplí en la espera y ahora voy a seguir mi vida.

¿Cree que esa interinidad de su vida acabó ya?
¡Uff! Ya terminó. Verla así feliz me hace feliz. Pero no hay felicidad completa, porque en este momento quisiera estar con ella. Anoche hablamos, y ella como si nada hubiera pasado. Estoy confundido, no sé qué pensar.

Hoy no están separados, pero tampoco están juntos. ¿Entonces, qué va a hacer ahora? ¿Se va a quedar esperándola?
Yo voy a rehacer mi vida. Quiero trabajar en lo que a mí me gusta que es la publicidad. Hay proyectos que están apareciendo, amigos que me quieren ayudar. Quedan otros secuestrados y ojalá yo pudiera seguir ayudando.

Usted está feliz porque ella está feliz. ¿Cuando piensa ser feliz por usted mismo?
Pues es una situación complicada en la que estoy. No debo descartar que se haya acabado todo con Ingrid. Puede pasar. No solo lo pienso ahora, sino desde antes. El amor por mí pudo habérsele acabado en la selva. ¿Y qué puedo hacer yo? Mientras ella se organiza, se pone al día, hay que darles tiempo a las cosas. Si ya la esperé seis años y medio...

¿Planea empezar a reconstruir su vida sentimental con alguien más?
No, no. Todavía no.

¿De quién depende la decisión de conservar ese matrimonio?
No solo Ingrid, yo también he madurado un secuestro. Voy a retomar mi vida, a ver qué proyectos hay de trabajo, y encarretarme en ello va a ser mi desfogue. Ella sabe dónde estoy el día en que quiera volver. Pero mientras tanto, y aunque eso no suceda, con Ingrid o sin Ingrid mi vida va a seguir de la manera más normal que pueda.

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