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Crónica: Vivir y morir en la calle Berlín

12:10 | Desde hace tres meses y tres semanas vecinos y comerciantes de esta calle miraflorina han visto sus vidas afectadas por las obras de rehabilitación.

Por Gonzalo Galarza Cerf.

Con los brazos estirados sosteniendo un palo y un trapo Lisber Isuiza humaniza la resignación del empleado miraflorino de la calle Berlín: desde hace tres meses y tres semanas su vida laboral se ha centrado en eliminar todo rastro de tierra y polvo de los suelos, lunas, toldos y sombrillas de las mesas del local Barra Brava, enclavado en el cruce de las calles Berlín y Grau. Su esfuerzo desplegado parece cada vez más en vano. "Ya estoy acostumbrado", justifica la falta de agotamiento.

A su costado, en la cuadra 5 de Berlín, hay montículos de arena en la pista. Lisber no tendría por qué limpiar la desorganización y falta de planificación y consideración del Consorcio Berlín, encargado de la obra, y la Municipalidad de Miraflores. Sin embargo, lo hace y revela que es de la selva, como si eso lo hiciera inmune a esta obra cuya ejecución ha llevado a los vecinos a la síntesis del hartazgo: "Esto es una porquería". Y la vida en Berlín, también.

Al menos para Rosario. "Yo me siento más miraflorina que limeña", vocifera a quienes se acercan a ella. "Yo nací en Colmena, en una clínica que ya no existe, el médico que atendió a mi madre ya murió, el cura que me bautizó, también", relata su historia iniciada hace 75 años. Dice que el alcalde Manuel Masías no sabe de las costumbres del distrito, que prometieron hacerlo rápido y siguen los trabajos de rehabilitación de la calle, que hubo días que estuvo sin agua, viviendo entre ratas y olores nauseabundos. "Hasta tifoidea ha habido en la zona", rezonga.

Imaginemos: un día sales a la puerta de tu casa y encuentras a un grupo de hombres rompiendo las pistas sin darte más explicaciones. Con suerte si lees los diarios o ves la televisión sabes que la obra empezaba el 27 de abril y debía acabar el 25 de julio, pero hoy, 17 de agosto, el mensaje en los anuncios municipales en algunas esquinas de las calles resulta descabelladamente irónico: "Estamos cambiando para vivir mejor".

Rosario no está mejor. Sus cuatro hermanos justifican la ausencia de visitas diciéndole "que es atroz ir hasta su casa, que está con la locura". La locura es el nombre con el que han rebautizado las 14 cuadras de Berlín. La locura es que a su edad, esta mujer, al igual que Lisber, centre su vida en "sacar tierra todos los días". La locura es que los negocios, como la tienda Hecho a Mano, anuncie con un cartel que atiende a puerta cerrada y que vayan a conocer su otra tienda en Chacarilla. La locura es que los esposos Solari, cuyo negocio ha bajado en 80% las ventas, sigan adelante pues, por fortuna, otro ingreso los mantiene a flote "si no, hace rato habríamos quebrado".

Ser negociante en Berlín es vivir en rojo, en deuda; es ver a la mitad de la clientela irse como ha sucedido con la lavandería Laundromat; es ver a esos bares y restaurantes, de los que se quejaban tanto los vecinos, cerrar uno tras otro.

UNA VIDA, UNA QUEJA
El ingeniero Ernesto Ciriani recorre la calle con la copia de una carta dirigida a Sedapal y una hoja con fotografías en las que, asegura, se aprecian las malas conexiones que el Consorcio Berlín está haciendo en los desagües. "La tubería del desagüe debería estar arriba y la del agua abajo. Lo que están haciendo es otra cosa", se queja. La suya es una protesta con sustento: hace meses no puede alquilar su local donde antes funcionaba un restaurante.

A su costado, su vecina no quiere hablar más pues viene del hospital y de la municipalidad donde ha ido a tratarse y a quejarse, respectivamente, y aún no almuerza; y al verla parece que las fuerzas han abandonado su cuerpo y está a punto de desplomarse; por eso se va sin decir más.

Es como si de pronto los habitantes de Berlín se hubiesen transformado en seres cuyo único propósito en esta vida es ver nuevamente, al abrir la puerta, al otear por la ventana o al regar el jardín, el asfalto color lomo de rata, y dejar de lamentarse al notar el escaso número de obreros trabajando y la falta de maquinaria, porque ello significa que la obra se va a prolongar y no van a descansar.

EL MOMENTO DE PARTIR
En la entrada del edificio Praga está Sharon Raymond, una mujer que dejó una sosegada vida en una campiña de la India y se instaló con sus dos hijos en este distrito después de diez años de ausencia. Ella, que se mudó en esta calle para estar cerca de la casa de su madre, está sometida al ruido y al aislamiento. Desde que se inició la obra no abre las ventanas del frente de su departamento y hay días en los que ha tenido que ir a comer fuera de su casa debido a los fétidos olores que se apoderaban de los ambientes de la sala y el comedor.

Dice que los niños más pequeños son los que sufren más con la tierra y el polvo y no sus dos hijos que ya están grandes, pero igual le preocupa que salgan y "gente extraña les hable". En las noches ningún vecino parece reconocer estas veredas por donde han transitado toda su vida. Sharon, en cambio, ajena a sentimentalismos de identidad de barrio, ya ha alquilado un departamento en Surco frente a un parque.

Sabe que la fecha del fin de la obra se ha aplazado. Sabe, también, que hay días en los que no ve a ningún obrero venir a trabajar. "Voy a pagar adelantado y dejar un mes pagado acá", dice casi desesperada por irse de la calle Berlín. "Ni fregando me quedo acá", sentencia, como si dormir en esta calle fuera una condena, una desdicha de los que tienen que vivir día a día en estas cuadras, con ruidos y ambiente de desolación y abandono. El mismo abandono en el que terminó el anciano vecino de la vivienda 1099, Luis Lanatta Peraldo, quien fue hallado por agentes de la policía varios meses después de haber muerto en Berlín.

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