Crónica política: ¿Tiene salvación el Congreso?
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La última encuesta de El Comercio le da un 9% de aceptación al Parlamento. Y continúa su tendencia a la baja, con escandalosa impopularidad.
Por Miguel Ángel Cárdenas M. Unidad de informes especiales
"Proactivo" es una palabra de moda, que en la cultura emprendedora de hoy ha calado hondo. Por eso, la desafiante e histórica pregunta sería: ¿se puede ser proactivo con el Congreso de comienzos del siglo XXI, que parece condenado a un descrédito irreversible?
Para la mayoría, el Parlamento se ha convertido en el resumen de todos los males, corrupciones, estafas, bajezas y conflictos de la sociedad. Y hasta es identificado con un concepto que es más un alias: otoronguismo. ¿Este tiene salvación, puede haber una cura que a estas alturas parecería un milagro?
Empecemos por el diagnóstico. Pese a tratarse de contextos distintos, la percepción popular ha hermanado en el desprestigio al Parlamento de los tránsfugas fujimoristas con el del período toledista. Este último, por ejemplo, dio una ley inconstitucional que liberó a los hermanos Wolfenson, albergó a Alfredo González, clonó proyectos de ley como denunció este Diario y provocó que el 91% de la gente pidiera la supresión de la inmunidad parlamentaria. El descrédito continuó hasta el actual Congreso, que con su 9% se acerca olímpicamente a batir la marca de diciembre del 2005, cuando llegó a 6% de aprobación.
Si hubiera que definir al otoronguismo, sería como una cultura institucional que maneja el orden y el caos. Orden, porque cuando son denunciados cierran filas, sacan a lucir su espíritu de cuerpo y sabotean --con empatía emocional y disciplina-- recortes de sueldo, castigos a los faltones; o reaccionan unidos con un mecanismo de negación para no comerse entre ellos: "Quieren satanizarnos y traerse abajo la democracia", dicen.
Y caos, porque cuando están sin acusaciones se dividen y pelean por sus intereses como si el hemiciclo fuera igual al tráfico limeño; presos de cálculos mezquinos en repartijas o componendas con alianzas antiéticas.
Leoncio Torres Ccalla, el agresor sexual de una adolescente de 16 años, a los 73 años, es un símbolo de este concepto. Se ha escrito tanto sobre él y aunque es un caso en sí mismo muy grave (tanto que está preso) y único, es metafórico también porque provocó dos 'otorongadas', como actos reflejos, que definen mejor un aspecto de forma del otoronguismo: el ridículo. Al momento de la sanción, cuatro padres patrios votaron en contra. Uno de ellos fue el toledista Eittel Ramos, un arquetipo de otorongo de la cultura chicha: de la estirpe de los cómicos ambulantes (una vez retó a duelo a 'Payasito' Waisman), de los invasores de mercados (se lo vinculó con Herminio Porras) y, sobre todo, de los futbolistas que son ampayados borrachos (cuando armó un escándalo ebrio frente a los periodistas). Pero como para el otoronguismo no hay clases sociales, el presidente del Congreso de ese entonces Ántero Flores-Aráoz, representante en esa época de un partido antiguo y tradicional, exclamó: "¡Qué culpa tengo yo si al Congreso le toca un tío eléctrico!".
El ridículo congresal es hermano menor de otro síntoma 'otoronguista': el trastorno por el síndrome del desatino contínuo. Se podría hacer una lista de 'elegidos': la toledista Enith Chuquival, el lumpenesco Víctor Valdez hasta, aplaudamos con los ojos cerrados, Carlos Torres Caro. Uno no sabe si su calidad ético-filosófica es digna de Gilligan o Shaggy de Scooby Doo; o, por el contrario, está tan evolucionado que lo hace para burlarse de sí mismo intencionalmente y lograr toda una crítica corrosiva del sistema desde dentro. Sería un maestro, la vanguardia es así
El rubro fuerte contra los congresistas son los delitos contra el patrimonio, la administración y la fe pública. Pero es también denigrante --otoronguismo duro-- que sus propios partidos políticos los defiendan hasta el límite del escándalo y solo los 'suelten' por presión pública. Sucedió con los ya acremente célebres Elsa Canchaya, quien contrató en la planilla del Congreso a su empleada del hogar como asesora. Con Walter Menchola, quien hizo que contraten a su supuesta amante. Con Tula Benites, por hacer lo mismo con un auxiliar fantasma. Con Ricardo Pando, por contratar a otro fantasma, pero fue 'salvado'. Con Margarita Sucari, por obligar a su empleada administrativa a compartir su salario. Con José Anaya, por presentar boletas falsas para justificar gastos operativos. Con Yaneth Cajahuanca, quien contrató a un vendedor de gas y a un inhabilitado. Con José Vega, por contratar a la pareja de su hijo. Con Nancy Obregón, por haber falsificado la partida de nacimiento de un supuesto hijo. Y con Miro Ruiz, el asesino de un perrito.
La presidenta de la Comisión de Ética Parlamentaria recibió 111 denuncias contra 63 legisladores. Los acusados deberían rezarle a San Jorge, pero les basta con la solidaridad negativa de sus partidos políticos. Ahora bien, frente a este otoronguismo de todos los días, ¿cómo ser proactivo en búsqueda de soluciones?
LOS EXPERTOS OPINANSi el Congreso fuera una empresa, habría que preguntarle al publicista y escritor Gustavo Rodríguez si sería posible aún cambiarle la imagen y combatir el otoronguismo:
Pensar que revertir la imagen del Congreso depende solo de la comunicación es iluso. Sin embargo, la comunicación puede lograr que su imagen pase de desoladora a moderada. Que por lo menos la gente no piense que "todo" el Congreso es un pozo negro, sino que hay que saber discriminar: que allí conviven representantes íntegros con representantes reprobables. Para que esto ocurra, antes tiene que haber una tarea de shock y sensibilización al interior del Parlamento. Pienso en talleres participativos que acerquen el pensamiento de los congresistas al de una sociedad ideal. Que los bajen en algo de su mundo autorreferencial. Luego, con algún porcentaje de parlamentarios comprometidos con la campaña ya puede pensarse en hacer acciones que trasciendan al exterior. Una campaña integral, que les diga a los ciudadanos qué esperar de sus representantes, qué cosas buenas y malas han hecho. Y que haga creíble la voluntad de transformación ante los medios de comunicación.
Si el Congreso fuera un paciente en el diván, Alberto Péndola, especialista en psicoanálisis y política de la Universidad Ricardo Palma, recomendaría contra el otoronguismo:
Yo propondría unas Olimpiadas: un proceso de selección sumamente exigente como el que lleva un país que va a una olimpiada, para eso habría que ver el currículum vítae, que no sea una hoja de vida hecha en Azángaro Y que estén alertas los medios de comunicación, la sociedad civil, Transparencia, la Defensoría del Pueblo, que de oficio pueden intervenir. Y el contralor que veo que está empezando a auditar los gastos del Congreso La renovación por tercio ayudaría porque hay gente que rápidamente muestran sus habilidades otoronguistas y los electores podrían sacarlos rápido.
Si el Congreso fuera como el fútbol peruano, un deporte popular pero desprestigiado, el sociólogo Aldo Panfichi reflexionaría sobre una posible solución equivalente a clasificar a un Mundial:
En el imaginario el Congreso tiene personajes que son sinónimo de maldad, corrupción, cosas negativas, que se complementan con la idea de que son ineficaces, caros y no representan a nadie más que a sí mismos Imagínate en el imaginario de los periódicos amarillos un presidente del Congreso cuya primera plana apareció en Río de Janeiro con un zambo atrás. Independiente de que sea verdad o mentira, es un tipo al que lo están 'vulnerando'. Y a pesar de todo eso, es elegido presidente. Hay una sobreexposición y una encarnación de la frustración de la gente que se personaliza en estos personajes. Hay que desestructurar las ideas de un otorongo. Pero es muy difícil, lo más probable es que el Congreso siga siendo el pararrayos de lo que rechazamos o repudiamos en el sistema político... Soy muy pesimista.