14:34 | Sergio Bambarén, el escritor peruano más leído en el mundo, ama correr tabla y así conoció al tetracampeón mundial, quien le enseñó algo sobre la vida y el mar
Por Sergio Bambarén
La vida me enseñó a no endiosar a las personas. Creo que todos los seres humanos nacemos iguales. Pero también es verdad que algunos a veces sobresalen, quizá por algún don u oportunidad que la vida les dio. Así que más que un héroe deportivo, tuve el honor de conocer y volverme amigo de un gran deportista australiano: Mark Richards, cuatro veces campeón mundial de tabla hawaiana, un récord que parecía imposible de batir antes que Kelly Slater, estadounidense, obtuviera siete veces el campeonato mundial de tabla profesional.
Mark Richards, conocido en el mundo de la tabla hawaiana como la 'Gaviota Herida' por ese estilo único que tenía para deslizarse sobre las olas, nació en Newcastle, una ciudad industrial a dos horas al norte de Sidney, en Australia.
Lo conocí por casualidad. Un día me fui a correr tabla a las playas de Newcastle. Estaba en el mar, esperando una ola, como el resto de los tablistas. Agarré una buenaza y me metí un lindo tubo. Cuando regresaba a la reventazón, pasé a su lado, y me dijo: "Felicitaciones, ¡qué buena ola!". Yo me sentí feliz, viniendo el comentario de alguien como Mark. Le agradecí, me presenté y le dije que era peruano. "¿Es verdad que la ola de Chicama es tan larga como dicen?" fue su pregunta inmediata. Y así pues, comenzamos a conversar mientras esperábamos las olas, hablando de playas alucinantes que él y yo habíamos conocido en esos viajes nómadas que los tablistas amamos tanto.
ESPÍRITU LIBRE
Lo primero que me sorprendió fue su sencillez. Muchos australianos en el agua lo miraban como un Dios. Pero yo logré ver, en la transparente mirada de sus profundos ojos celestes, aquella humildad que lo hacía grande. Al verlo correr olas, parecían tan fáciles todas las maniobras que hacía. Entonces noté algo más: cada vez que cogía una ola, se olvidaba del mundo. No le importaba si lo miraban o no; él estaba sumergido en su propio mundo, haciendo lo que más amaba hacer, gozando de esos momentos cortos pero de felicidad intensa, casi espiritual, que nos regala la vida.
Luego de un tiempo me invitó a su casa, y me quedé sorprendido: pequeña, de una sencillez absoluta, su taller para producir tablas, una esposa maravillosa y un lindo bebe. No había un solo trofeo a la vista de los cientos de campeonatos que había ganado a través de su carrera como tablista profesional. En toda la casa, hasta donde pude ver, solo había una foto suya corriendo una gigantesca ola en Waimea, en Hawái, en el campeonato Smirnoff que Mark ganó. Como me dijo, la ola más grande que quizá había corrido en toda su vida.
Compartimos una linda velada, donde me animé a pedirle que me hiciera una tabla. Aceptó. Yo parecía un niño de 5 años. Me llamó la atención el esmero de sus preguntas: ¿Cómo la quería? ¿Para ola grande o chica? ¿Dos quillas? ¿Tres? ¿Para correr más con un estilo libre o radical? Es decir, se tomó el tiempo para hacerme sentir que realmente era importante para él lo que le estaba pidiendo, una cualidad que solo he visto compartida por otro peruano: Wayo Whilar, el mejor shaper de tablas hawaianas que he conocido, según mi humilde opinión; un surfista del corazón, y un hombre que, así como Sofía Mulanovich, Magoo de la Rosa y muchos otros, han puesto el nombre del Perú en alto en el ámbito tablista.
EL CAMPEÓN, EL HOMBRE
Mark tiene un lado humano que pocos conocen. Perdió a su hijo a muy corta edad, esa maldita enfermedad de "muerte súbita de niños". En menos de un mes estaba recolectando firmas para que el Gobierno Australiano aportara más fondos para la investigación y cura de aquel terrible mal. No para su hijo, sino para salvar la vida de los hijos de otras personas. Ese es y siempre será Mark: siempre dándolo todo, hasta en medio del dolor personal, sin pedir nada a cambio.
Podría contar muchas cosas que me enseñó Mark Richards de la vida, dentro y fuera del agua. Pero si hay una lección de vida que nunca olvidaré, fue cuando un día, al encontrarnos de casualidad corriendo olas en la playa Uluwatu, en Bali, Indonesia, en pleno atardecer, le pregunté:
-- ¿Cuál es la mayor lección que te ha enseñado el deslizarte sobre las olas?
Y ese día, Mark me respondió algo que recordaré por toda mi vida: "El mejor tablista no es aquel que mejor corre las olas, Sergio, sino aquel que se siente más feliz al hacerlo".
Una lección que pienso podría aplicarse en todos los aspectos de la vida. ¿No lo creen?