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Crónica humana: La apoteosis de la inclusión

13:41 | En el auditorio del Centro Ann Sullivan tocaron juntas la Orquesta Sinfónica Infantil del Perú y la Orquesta "A" de niños con habilidades diferentes. Fue una explosión de amor

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Y la música se miraba. Mientras la melodía de la viola de Franklin Marín, de 11 años, (de la Orquesta Sinfónica Infantil), más se alborozaba y mientras el mutuo ritmo del xilófono de Silvia Saldaña, de 19 años, (de la Orquesta "A"), más se regocijaba, más abríamos los ojos las 350 personas que llenamos el auditorio del centro Ann Sullivan. Unánimes por escuchar el miércoles en la noche a músicos jóvenes sin ninguna distinción ni limitación ni prejuicio, con los ojos dilatándonos. Porque al final no hubo orquesta infantil ni orquesta "A" ni "U", ni tuyo ni mío, ni normal ni especial... se formó en vivo la Orquesta Inclusión y todos tenían síndrome de 'up' tocando unidos el panalivio "Estrellita".

Albert Einstein podría explicar mejor lo que nos sucedió esa noche cuando dijo : "El que no posee el don de maravillarse, más le valdría estar muerto, porque sus ojos están cerrados". Por eso, había metafóricos ojos abiertos en los oídos de Lourdes Chávez, la jovencita que con síndrome de Down y ganadora de cinco medallas de oro en gimnasia rítmica no solo toca el xilófono, sino el cajón, las panderetas y está por aprender guitarra (¿alguien podría decirle "discapacitada" con ese talento? El centro Ann Sullivan ha presentado una moción al Congreso para que cambie ese término por "personas con habilidades diferentes").

Y había ojos tan abiertos en la piel de Victoria, la empleada del hogar que crio desde los 8 meses a Bruno, hoy cajonero y xilofonista de 23 años, con dominio de escena y verbena. Sus padres no pudieron ir, pero a Victoria primero le trozaban el corazón antes de faltar: "Es como mi hijo... y mi hija de 10 años es como su hermanita. ¡Él es tan talentoso!, también toca el piano".

Y, sobre todo, había ojos demasiado abiertos en la voz de Wilfredo Tarazona, el director responsable de las orquestas infantiles y juveniles del Perú desde hace diez años (son 1.200 niños en todo el país) y ahora de este maravilloso proyecto de Orquesta Inclusiva. Tarazona es de esos hombres auténticamente idealistas --aquellos cuyo máximo ideal es cumplir los ideales de los demás-- y quien pone hasta de su propio dinero sin reserva.

"La mayoría de estos chicos son de menores recursos y vienen hasta de Cieneguilla... Y ya estamos planificando coros y orquestas con niños con ceguera y, como con las orquestas infantiles, queremos fundarlas por todos los pueblos del Perú. Y mira, la Orquesta "A" empezó con tres niños con síndrome de Down y autismo el año pasado ¡y hoy tenemos 60 jovencitos músicos!".

Este miércoles se efectuó el primer acto simbólico del siguiente paso: la inclusión: "¡es que queremos una sociedad sin diferencias! ¿Cómo pueden ser discapacitados si tienen virtudes que hasta nosotros no tenemos? Ellos nunca mienten, siempre dicen la verdad de lo que piensan y sienten". Inapreciable cualidad difícil de encontrar en la gente llamada "normal" y que se refleja en Ángel Fiestas, de 25 años, quien aprendiendo frases musicales ha mejorado su capacidad de verbalizar: "Las notas musicales las leemos y las practicamos en el cajón. Estoy emocionado, ensayé con la orquesta infantil ¡y ellos son como mis hermanos!".

Así fueron como hermanos el hiperactivo Manuel Castro y el sosegado Carlos Breña. Manuel tiene 24 años y está en la Orquesta "A" desde su fundación: "Y también soy cantante, campeón de marinera, y ahora de natación con cuatro medallas de oro". Carlos es un violinista de 19, que empezó en la orquesta infantil en el 2003 y hoy es uno de los más brillantes en la orquesta juvenil. Ambos fueron símbolos de lo que sucedió entre todos.

La primera parte era para los chicos con habilidades diferentes: Manuel Castro tocaba jubiloso su cajón a ritmo de festejos en "Mi burrito tabanero" o "El congorito" y 'festejaba' la ocurrencia de sus compañeros que se intercambiaban los cajones como en el juego de las sillas, los alzaban como pesadas banderas de libertad y posaban al final formándose como un equipo de fútbol para la foto. Atrás de las butacas, mientras ensayaba con su violín, Carlos Breña se sacaba los lentes para sonreír y aplaudía. "Es extraordinario cómo manejan la coordinación, la altura de los sonidos. Es un gran esfuerzo", decía el violinista queriendo a Manuel como a sí mismo.

En la segunda parte, cuando ingresó la Sinfónica Infantil y Juvenil y Breña tocó la Sinfonía Inconclusa de Schubert con todas sus venas, fue Manuel quien desde su asiento frente a él movía sus manos como director de orquesta. Y quien cuando vinieron los aplausos no se contuvo y saltó y cantó una barra eufórico, como si Carlos hubiera metido el gol del Mundial para un Perú campeón.

La apoteosis vino cuando ambas orquestas se apretujaron --nadie dejó de tocar-- en un panalivio en el que Manuel y Carlos se hermanaban por fin solo con el ritmo que no conoce distancias ni diferencias. "Arriba la nueva orquesta", gritaron en escena cuando se cerró el telón Manolo y Joselyn, una parejita de cajoneros muy especiales que durante todo el concierto se dedicaban miradas de amor y que al final se besaron con los ojos abiertos, muy abiertos.

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