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Actualizado a las 10:07:35 a.m. Sábado, 10 de febrero de 2007
Trotamundos con Kapuscinski en Argentina
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En noviembre del 2002, El Comercio publicó una crónica sobre el encuentro de un periodista de este Diario con Ryszard Kapuscinski en la ciudad de Buenos Aires, con motivo de un taller de crónicas dirigido por el escritor polaco a 16 periodistas de América Latina. A continuación, reproducimos el íntegro de esta nota:

Reportaje a la memoria

Testigo temerario de guerras y revoluciones en el Tercer Mundo, Ryszard Kapuscinski (Polonia, 1932) es considerado el reportero más importante del planeta. Aquí la crónica de un encuentro con el maestro polaco

El Reportero del Siglo jura que nunca ha hecho una entrevista. "He concedido muchas, pero no conozco ese género", dice Ryszard Kapuscinski un poco jactándose y un poco riéndose, un poco exagerando y un poco presumiendo con esa licencia para deslumbrar de quien se sabe único: 17 revoluciones cubiertas, una docena de frentes de batalla trajinados entre Africa, América Latina y Asia, y 30 años viendo matanzas. Pero, ¿ni una entrevista? Solo converso con la gente y la miro: sus ojos, sus caras, sus gestos. La leyenda dice que el adolescente Kapuscinski prefería la poesía, pero que lo contrataron como reportero porque en Polonia habían matado a todos los periodistas. La leyenda dice que hasta los 19 años no había leído un libro y que ahora, después de publicar una veintena, es el más grande testigo literario de una época cuyo horror, paradójicamente, hizo que el periodismo se convirtiera en arte. La leyenda tiene 70 años, una camisa blanca de mangas cortas y la callada lucidez que otorga haber sido condenado a muerte cuatro veces. Y poder vivir para contarlo.

Kapuscinski acaba de llegar de Varsovia a Buenos Aires, esa ciudad que incluso en la fosa común de la crisis económica parece un cadáver financiero que no quiere seguir muriendo, que padece de insomnio por las noches y grita gol los fines de semana: El domingo, Boca ha jugado contra Vélez y el señor K., que en 1969 fue testigo de la inverosímil Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras -y se perdió en la frontera-, asistió al estadio. Ganó Boca. Es en este mismo barrio porteño donde Kapuscinski, el reportero del Tercer Mundo, va a iniciar un taller de crónicas ante 16 periodistas que llegamos de toda América Latina ávidos por tragarnos de golpe sus relatos. Como niños con ganas de escuchar historias. O leyendas.

Kapuscinski se sujeta a los posabrazos de la silla como si se encontrara en un vehículo que va a frenar de golpe, en uno de esos jeeps que en Etiopía lo conducían hasta la línea de fuego a 200 kilómetros por hora. "En una guerra hay mucha muerte que no es en combate", recuerda como si describiera un fenómeno natural en su vida: En el Congo lo confundieron con espía y mandaron a fusilar. En Nigeria, lo rociaron de gasolina para prenderlo vivo y pasó dos meses con el cuerpo hinchado, lleno de llagas, afectado por una enfermedad tropical mientras sus jefes esperaban sus despachos. Y el rostro que ahora exhibe un rubor intenso padeció el amarillento tamiz de la malaria. "Yo creo mucho en la suerte", asegura el reportero que observó en tantos otros ese tránsito final y que extrae una estampa al vuelo:

Cuando alguien sabe que ha llegado el último momento de la vida funciona una anestesia. Por dentro la persona ya está muerta. Es una muerte síquica. No gritan, no tratan de huir, no hacen movimientos violentos. Lo he visto muchas veces.

Fue corresponsal de guerra hasta 1981. Y se nota que extraña esa sombra en el desierto, ese reguero de pólvora que tiene olor a muerte pero que también tiene olor a verdad. Porque un reportaje es un pedazo de vida que se queda en el papel, o así lo ha dicho el maestro. Y algo ha cambiado en estos tiempos de misiles teledirigidos y daños colaterales. El corresponsal de guerra ha desaparecido. En el golfo Pérsico y en Kosovo, el periodista estaba sentado en un hotel esperando el comunicado oficial del Estado Mayor estadounidense, que le tiene prohibido ir al campo de acción. Eso no es periodismo.

Periodismo es, básicamente, acercarse demasiado y no ver solo con los ojos, sino también con la imaginación. Para escribir El Emperador, un libro acerca del monarca de Etiopía Haile Selassie, Kapuscinski habló con un lacayo del palacio cuyo único trabajo, durante diez años, había consistido en limpiar los orines que la mascota real depositaba en los zapatos de su majestad. Uno podría imaginar que este periodista es dueño de una colección de cuadernos viejos llenos de relatos y descripciones con esa caligrafía suya tan (acertadamente) defectuosa. Pero Kapu -como empezamos a llamarlo- nunca hizo demasiadas notas en sus viajes. Para escribir se necesita una gran selección de material. Esa gran selección la hace nuestra memoria. Las cosas importantes las vas a recordar. Lo que no recuerdes no vale la pena. Kapu aprendió sawhili en su paso por Africa, y a estas alturas ya se le olvidaron casi todas las palabras. Casi todas a excepción de uhuru, que quiere decir libertad.

Un periodista argentina muestra un reportaje sobre una boliviana embarazada que cayó misteriosamente del vagón de un tren en marcha de Buenos Aires, en un país donde la xenofobia es un deporte que amenaza con desplazar al fútbol. La periodista tiene un niño pequeño y pregunta si está bien que eso influya en su visión de la historia, en su indignación. El maestro responde: Los mejores textos son aquellos que se escriben con toda pasión. La objetividad produce textos fríos, textos muertos, que no convencen a nadie.

Porque el reportero es un hombre que busca darle voz a los que no la tienen, y meterse en su piel. Según Kapuscinski, en cualquier rincón del mundo, por más pobre que sea, saldrá una familia a ofrecerte un plato de comida. Y tienes que decir que te gusta. "Y si no te gusta..., ¿mientes?", pregunta alguien. "¡Claro!, la mentira es algo muy importante en la vida. Sobre todo si uno es periodista". El maestro deslumbra y se ríe. Se jacta. Presume. Tiene licencia para exagerar.

Pero nunca para disparar. Con nuestras palabras podemos matar a alguien, destruir una vida. Llegamos por poco tiempo, salimos y nunca volvemos. Pero la gente se queda, se quedan los vecinos. Hay que ser muy delicado en medir las palabras. En nuestros países, la mayoría de la gente no tiene los mecanismos de defensa, no pueden hacer nada contra lo que digas. Cada palabra puede ser interpretada por los enemigos de una manera viciosa. Antes de que estalle una guerra, estallan siempre las palabras.

Al final, todo parece provenir de una carencia matriz: el enorme complejo de inferioridad que Kapu siempre sintió por no saber pintar. No es casualidad que el polaco esté convencido de que el arte da más luces sobre una sociedad que las palabras de cualquier analista político. El periodista es un cazador furtivo de todas las ramas del conocimiento humano. (Lo malo es que casi siempre termina de francotirador). Hoy en La Boca hace calor, el puerto tiembla cuando pasa algún vehículo pesado y ese ruido, poderoso y entrecortado como un recuerdo bélico, extrae de la boca del corresponsal de guerra una sentencia de paz: Trabajamos con la materia más delicada del mundo: otra gente.



JUAN MANUEL ROBLES
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