El Comercio 01/05/2003
Ryszard Kapuscinski se mira a sí mismo como un misionero. "Es el enviado especial de Dios", dijo el novelista de espionaje John Le Carre. Es polaco como el Papa, cristiano, le gusta la Biblia y a menudo la cita. Pero Kapuscinski no es ningún santo y está harto de que le pregunten sobre el Papa. Es un reportero que cree que el periodismo es una misión y de hecho su vida lo es: ha sido testigo de veintisiete revoluciones y una docena de guerras en el siglo XX. Cree que el modo correcto de ser periodista es desaparecer, olvidarte de tu existencia, deberte a los más desesperados, irte a convivir con ellos y tratar de entenderlos. Así se ha confundido entre la gente como si fuera cualquiera. Así ha estado a punto de ser quemado vivo, de morir de malaria, de no volver jamás a casa. Así también se ha olvidado de su familia, a veces durante años. Así ha aprendido a vivir solo entre gente desconocida y muy pobre de Africa, Asia, Europa y América Latina. Así dice que no se deprime y que duerme bien, incluso debajo de un camión en el desierto.
Sólo no puede dormir cuando no ha terminado de escribir una historia a tiempo. Ha publicado una veintena de libros y lo han traducido a treinta y dos idiomas. Dice que los escribe a mano, que nunca los corrige y que regresa a Varsovia sólo para sentarse a escribir. Cree que tener una familia es un lujo. Su esposa es pediatra y tiene dos hijos. Allá, en su casa de un barrio obrero, tiene también una biblioteca de miles de libros. Lo increíble es que Kapuscinski empezó a leer recién cuando tenía unos veinticinco años. Después de la Segunda Guerra Mundial pudo hallar por azar el primer libro de su vida en el apartamento de un amigo. K. había sido muy pobre de niño. Nunca tuvo zapatos y por ello titularía Las Botas a su primer libro publicado en español. De adolescente escribía poesía. Se queja de haber empezado todo muy tarde: a leer muy tarde, a escribir muy tarde, a estudiar muy tarde. Culpa a la guerra. La primera fue la invasión nazi cuando tenía siete años.
La guerra y la revuelta han sido siempre su estado natural. Un día, cuando estaba en la secundaria, le llegó su destino: habían matado a todos los corresponsales, y como se había vuelto un poeta conocido en Varsovia, lo llamaron para escribir en un periódico. En verdad, había soñado con ser filósofo. Cuando entró en la universidad, Stalin mandaba en Polonia y la facultad de filosofía fue cerrada por considerarse muy burguesa, y Kapuscinski tuvo que estudiar historia. Nunca se ha avergonzado de ser periodista, pero ahora cree que las noticias se han vuelto un gran negocio. Es decir, cree que los jefes ya no te preguntan si tu historia es verdad sino si es interesante o si se vende bien, que la información se ha convertido en espectáculo y que se puede ganar más dinero con ella.
Kapuscinski está en contra de los best seller, pero él ahora es un best seller leído por millones en el mundo: las pruebas están en libros suyos como La guerra del fútbol, sobre sus reportajes en Africa y América Latina; El Sha, sobre la vida y caída del iraní Reza Pahlevi; el Emperador, sobre la Etiopía de Halie Selassie; El Imperio, sobre la vida de los últimos soviéticos; Ebano, sobre los sobrevivientes de Africa; y el reciente Lapidarium, un libro inclasificable con sus apuntes, aforismos, sentencias y memorias de cronista viajero. A pesar suyo, Kapuscinski ha terminado por ser el reportero superstar del Tercer Mundo.
JULIO VILLANUEVA CHANG
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