
19:02 | Apenas unos cientos de personas se manifestaron en rechazo a la presencia del presidente de EE.UU. en el Perú
Lima (DPA) .- El presidente estadounidense, George Bush, ya no concita ni siquiera grandes actos en su contra, en sus periplos finales por un mundo que él intentó liderar.
Apenas unos cientos de indígenas, jóvenes y trabajadores acudieron hoy a la "gran" protesta en su contra en Lima, en el marco de la Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Asia Pacífico (APEC).
Pero a nadie parece importarle. Desde un camión convertido en escenario, una mujer proclama a la muchedumbre que un tribunal de la Confederación General de Trabajadores de Perú decidió acusar de genocidio al mandatario norteamericano.
Pide vítores y aprobaciones. "Sí, sí", exclaman con desánimo los presentes, conscientes de su gesto testimonial. La mujer, enfadada, exige respaldo. "Lo llevaremos a una corte internacional", agrega.
Una banda de universitarios irrumpe haciendo sonar quenas y tambores, esparciendo los ritmos de la danza por los rincones de la circular Plaza 2 de Mayo, que recuerda la última batalla contra otro imperio, el español.
"Ese día de 1866 nos liberamos", comenta un hombre tuerto en una esquina, por donde un joven sindicalista anuncia que el sábado cercarán la residencia del embajador de Estados Unidos. "No falten", arenga.
Pero no todo es combate. También hay comercio. Es el sino de un país que busca el libre comercio con Estados Unidos, China, Corea y Japón, que quiere ser el puente entre Sudamérica y el sudeste asiático.
Saltimbanquis pidiendo limosnas, mujeres quechuas ofreciendo jugos de mango con sus hijos cargados en sus espaldas y ancianos con chocolates en sus manos intentan sacar algo de dinero del anti- imperialismo.
"La verdad, se ha vendido poco", confiesa un vendedor de hígado con yuca. Su hijo lee con dificultad una proclama revolucionaria.
"Ha sido una gran movilización", se anima Juan José Gorritti, secretario de relaciones internacionales de la CGTP, quien destaca la civilidad del acto.
En eso coincide el comandante Carlos Paz, a cargo de la seguridad. "Todo está tranquilo, somos 1.500 hombres, más que los manifestantes", ironiza y suelta una sonrisa. El control es suyo.
En los alrededores, la ciudad mantiene la vida de siempre, bajo los añosos y polvorientos edificios que recuerdan el pasado de alcurnia de una nación, que alguna vez fue la sede de su propio imperio, el inca.
Unos niños juegan tenis a media cuadra y se disputan el honor de "ser" Luis Horna, el ídolo local. Los taxistas corren a cazar periodistas necesitados de transporte y los policías siguen dirigiendo el tránsito desde tarimas engalanadas con la publicidad de una gaseosa nacional.
Es la ciudad de los perros, los pantaleones y las penas desgarradas de Mario Vargas Llosa y César Vallejo y, a veces, también de Jaime Baily.