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Tragedia en Mesa Redonda: las cenizas que nadie olvida

10:12 | El 29 de diciembre del 2001 se produjo el incendio más terrible de la historia nacional. Mesa Redonda se fundió en el imaginario con un dolor inenarrable

Por David Hidalgo Vega

El fotógrafo que llegó entre los primeros al lugar de la tragedia regresaría llorando por lo que vio. Había pasado unas horas en el infierno, como se suele decir en ciertos casos, solo que esta vez tenía poco de metáfora. Daniel Silva, reportero gráfico de este Diario, captó imágenes que iban a estremecer al país. Entre las peores que uno recuerda, se ve a un grupo de personas atrapadas tras las rejas de un altillo, los rostros a grito vivo, los brazos clamando ayuda hacia la calle, el calor y el humo a punto de sofocarlos. En otra escena se ve las siluetas de tres bomberos que luchan contra un inmenso núcleo de fuego, rodeados de escombros, carrocerías calcinadas, bolsones de humo por todos lados. El titular que daría sentido a esas imágenes, a la mañana siguiente, fue lacónico pero brutal: "Y sucedió lo que se temía: ardió Mesa Redonda. Más de 100 muertos". Entre las tragedias que han teñido estas páginas en tantos años de información, aquella era de las peores, porque pudo haberse evitado. Todos sabíamos que la muerte rondaba por allí.

"Hay noches trágicas. Noches plagadas de gritos, dolor, muerte. Noches ennegrecidas por la desgracia", señalaba el Buenos Días del 30 de diciembre, al cierre del año, como una introducción a los reportes desoladores que llenaban las páginas internas de El Comercio. "Cientos de hogares lloran en estos momentos por ese golpe de la fatalidad: una negligencia, un descuido imperdonable y esa cualidad que tienen las tragedias de abatirse siempre sobre los inocentes". La portada era un recuento de calamidades: "Inescrupulosos saquearon algunas tiendas afectadas", "Bomberos sufrieron por escasez de agua", "El fuego provocó el derrumbe de locales", "El Gobierno declara duelo nacional hoy y mañana".

El reporte principal daba cuenta de que a eso de las siete de la noche la multitud que hacía compras de fin de año en esa zona, cercana al Mercado Central de Lima, fue sorprendida por el estallido de las bombardas, cohetes y toda clase de artefactos pirotécnicos puestos a la venta formal e informal. El caos fue instantáneo: cientos de personas trataron de escapar por los jirones Cusco y Miró Quesada, mientras los comerciantes intentaban rescatar o proteger su mercadería. El fuego corroía cuatro manzanas. Un reportero de El Comercio vio, como todos, lo que parecía ser un amasijo de fierros: segundos después se supo que en realidad era un grupo de cuerpos calcinados.

"Al principio se hablaba de algunos muertos. El primer cálculo oficial era de veinte víctimas. Quedó corto. El número creció hasta el espanto: cuarenta, sesenta, cien muertos. Cuando el ministro del Interior salió a declarar, la calle era estremecida por el rumor de que dentro de las galerías podía haber más de 120 víctimas. Lo peor de todo eran los gritos, el alarido de la muerte", relató una página gráfica que mostraba los distintos matices del horror. También ese cálculo quedaría corto.

Las calles de esa zona producían una sobrecarga de tensiones dolorosas. Se percibía en el frenesí de los cuatrocientos bomberos de las cuarenta unidades que ese día fueron convocadas a la emergencia. Quedaba claro en el gesto angustiado de policías que debían repartirse entre la ayuda y el control de los vándalos. Se notaba en las voces que llamaban a familiares perdidos en la oscuridad de las calles, ya sin fluido eléctrico para evitar más desgracias. Coagulaba en los ambientes de los trece hospitales que recibieron a los heridos.

En una cronología de desastres similares podía verse hasta seis incendios causados por la negligencia, varios en la misma zona, con decenas de muertos y pérdidas materiales. Un día después, el 31 de diciembre, la portada de El Comercio confirmaba las dimensiones de este episodio. "Es el incendio con más muertes de la historia", decía a página completa. La cifra oficial triplicaba los estimados iniciales: había 290 víctimas. El comandante general del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Perú, Tulio Nicolini, lo dijo sin asomo de exageración: "He visto muchos incendios, pero este es el más atroz".

Su testimonio profesional pintó escenas tan escalofriantes que los reporteros iban a recordarlas en sus palabras durante años, incluso hasta hoy. "Cuando ingresamos a las galerías, todo era pavoroso. La gente se había encerrado para evitar el saqueo o protegerse, pero la pólvora corrió por abajo", señaló Nicolini. Un primer cerro de 120 bolsas negras, cada cual con restos de víctimas, resultaba su evidencia más irrefutable. Entre el estallido de la tragedia y la llegada de los primeros bomberos no habían pasado ni cinco minutos.

Pronto se abrió la baraja de responsabilidades. Mesa Redonda había sido una trampa a vista de todos. Un cálculo inicial señalaba que en los días previos al desastre unos trescientos vendedores informales se habían instalado en la zona con sus materiales explosivos. La cifra podía llegar a quinientos. Uno de ellos había realizado una demostración fallida de una bombarda conocida como Chocolate, según las primeras pesquisas. Esa imprudencia incendió el cruce de los jirones Cusco y Andahuaylas. En la zona se habían acumulado cien toneladas de pólvora.

De poco sirvieron las explicaciones y las denuncias. Los muertos ya estaban y la Morgue Central de Lima se había convertido en un reservorio de lamentos. Algunos deudos desesperaban y debían ser calmados. Otras pieles empezaban la lenta agonía de las cicatrices.

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