8:48 | Dicen que en el mar la vida es más sabrosa y ellos se encargan de que sea así. Estas son las historias de quienes conquistaron el paladar de los limeños en la playa
Por Fabiola Torres
Las hermanas Cecilia y Silvia Retamozo conquistaron Caballeros y Señoritas. Lo hicieron hace más de treinta años, cuando las hoy tradicionales playas de Punta Hermosa eran tan solo conocidas por pequeños grupos de tablistas. Entonces, no existían esas hileras de quioscos de comida que actualmente pueblan el balneario, sino dos mujeres que esperaban en la orilla a pescadores y surfistas con un cebiche fresco y reanimador.
Ellas, que por sus amplias cinturas y rostros redondos parecen personajes salidos de un cuadro de Botero, nacieron en Miraflores, pero llegaron a Punta Hermosa porque su padre siempre soñó con una casa frente al mar para salir todos los días a pescar. La risueña Cecilia se enamoró de Paco, tablista pionero del balneario, padre de sus hijos y quien la animó a lanzarse al negocio de la comida. Pero ella no quiso empezar sola y jaló a Silvia, su hermana menor. Juntas aplicaron los secretos de su padre pescador para hacer que su cebiche, tiradito y caldo de pescado se conviertan en los preferidos de los surfistas y caseritos de la playa.
Ahora cada una tiene su restaurante y el apoyo de sus hijos, quienes son la garantía de que la empresa familiar continuará. Silvia animaba ayer a su hija Jazmín, quien con algo de miedo empezó a vender chicharrones.
Para darle fuerzas solo le recordó sus inicios: "En mi primer día había preparado una fuente de cebiche de tres kilos y no vendí ni cinco platos. Hoy me levanto a las cinco de la mañana, porque corto 35 kilos de pescado para todas las fuentes de la jornada".
HIJOS DEL INGENIO
Las de David Jurado y José Ávila son historias de ingenio y riesgo. Si por sus nombres pocos los ubican, solo hace falta mencionar que el tímido Jurado es el dueño de Sarita, el restaurante donde venden los chicharrones más famosos y apetitosos del sur. Devoto de la santa del pueblo, hace treinta años decidió arriesgarse y cambió su bodega por una chicharronería. "Todos creen que mi esposa se llama Sarita, pero en verdad se llama Estela. Ya se acostumbró y no le molesta", confiesa David, quien un buen sábado puede llegar a vender más de 400 sánguches de chicharrón.
A veinte kilómetros de allí, en Chilca, está José Ávila, el inventor de los helados de higo. Este agricultor no sabía qué hacer con el excedente de la fruta que producía su chacra. Hizo cremolada, vino y mermelada de higos. Pero un día intentó helados y saboreó el éxito con el resultado. Su puesto está al pie de la carretera, en el kilómetro 66 de la Panamericana Sur, y es una parada obligada de miles de conductores. Sus helados ya son un producto bandera del distrito.
EL DATO
Todos llegan
Los restaurantes famosos en Lima se instalan también en el sur. Saben que durante el verano el negocio está allí, el destino de más de 100.000 conductores los fines de semana.